La Urgencia de Cuidar a Tiempo
Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
El país observa con estupor cómo se multiplican los episodios donde adolescentes se convierten
en agresores o en víctimas, como ocurrió recientemente en Santiago de los Caballeros, cuando un
estudiante de 15 años le arrebató la vida a otro de apenas 14 en las afueras del Politécnico Simón
Antonio Luciano Castillo. Un hecho que desgarra y obliga a preguntarse qué estamos dejando de
hacer como sociedad. Un niño muerto, otro privado de libertad, familias destruidas para siempre.
Y un país mirando desde lejos, como si se tratara de historias que ocurren en un universo
paralelo.
Sin embargo, las cifras oficiales revelan que este no es un suceso aislado, sino parte de una
tendencia alarmante que exige un alto inmediato. En los Centros de Atención Integral para
Adolescentes en Conflicto con la Ley Penal hay 511 menores recluidos. De ese total, 174 están
bajo detención preventiva. Las infracciones más frecuentes son robo agravado, homicidio,
microtráfico, golpes y heridas. Es una radiografía cruda de una generación que está creciendo
entre grietas, sin la vigilancia, el acompañamiento ni la estructura emocional que necesitan para
no cruzar la frontera del delito.
Y aquí surge la gran pregunta que todos evitan. Qué está pasando en los hogares dominicanos.
Qué hilos se rompieron en el tejido familiar. Qué silencios y qué vacíos están empujando a los
adolescentes hacia la violencia como respuesta automática. Este siglo ha sido pródigo en avances
tecnológicos, pero también en desconexiones humanas. Los padres corren, los hijos navegan
solos, las conversaciones se reducen a monosílabos y las pantallas se convierten en sustitutos
emocionales de la presencia adulta.
No se trata de romantizar el pasado, pero sí de reconocer que antes existían pilares que hoy
tambalean. La comunidad vigilante. La autoridad respetada. El límite claro. El sentido de
pertenencia. La responsabilidad compartida. Nada de eso ha desaparecido del todo, pero sí se ha
debilitado hasta niveles que dejan a los adolescentes a la deriva. Ese abandono silencioso es
caldo de cultivo para la agresión, la rebeldía sin rumbo y el reclutamiento temprano por parte de
grupos que encuentran en esos jóvenes vulnerables un blanco fácil.
La crianza positiva es una herramienta valiosa, pero algunos padres la han confundido con
complacencia absoluta. Educar no es permitirlo todo. Educar no es ceder por agotamiento.
Educar no es querer ser amigo antes que guía. Educar es acompañar, corregir, orientar,
supervisar, enseñar a diferenciar la rabia del peligro, la tristeza del aislamiento, la frustración de
la violencia. Educar es estar. Y estar a tiempo.
La sociedad dominicana debe asumir un compromiso urgente con la prevención. La violencia
juvenil no se combate únicamente aumentando penas o levantando estadísticas, sino
fortaleciendo la familia, devolviendo autoridad moral a la escuela, creando entornos seguros a la
salida de los centros educativos, incentivando actividades comunitarias que rescaten talentos y
canalicen emociones. Un adolescente ocupado en un deporte, en una expresión artística, en un
programa de mentoría, es un adolescente que encuentra sentido y pertenencia fuera del caos.
La muerte de un niño nunca puede volverse rutina. Tampoco la detención de otro. Y sin
embargo, corremos el riesgo de acostumbrarnos si no actuamos ahora. Las cifras seguirán
creciendo mientras la familia continúe ausente, mientras los padres renuncien a su rol, mientras
la comunidad prefiera no involucrarse. No basta con lamentar tragedias. Hay que impedirlas.
Este es el siglo que nos obliga a cuidar más, a observar más, a hablar más, a escuchar más. No
podemos delegar en la escuela lo que corresponde al hogar, ni exigirle a la calle que enseñe lo
que debe enseñar la familia. Cada niño que cae en la violencia nos recuerda que perdimos la
oportunidad de intervenir antes. Y cada niño que perdemos es una advertencia de que el futuro se
está deshilachando en nuestras manos.
La urgencia es real. El tiempo es ahora. El compromiso es de todos. Y la vida de nuestros
adolescentes bien vale el esfuerzo de volver a mirar de frente la responsabilidad que durante años
hemos intentado esquivar. Si actuamos hoy, quizá podamos evitar que mañana otro estudiante
salga de la escuela y nunca vuelva a casa.


