Sin trabajo digno no hay futuro
Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
El 1 de mayo no es un simple descanso en el calendario; es memoria viva. Es la huella de
quienes se negaron a aceptar el abuso como destino y eligieron cambiar la historia. Este
año, su conmemoración se traslada al 4 de mayo, extendiendo el descanso, pero también la
oportunidad de reflexionar con seriedad sobre el rumbo del trabajo en nuestro país.
El trabajo es un derecho esencial, y su defensa ha sido fruto de lucha. Las discusiones
gremiales, lejos de ser ruido, son un instrumento legítimo de equilibrio. Gracias a ellas se
han conquistado derechos, se han corregido abusos y se ha evitado que la desigualdad se
convierta en norma. Callar ante las distorsiones es ceder terreno; debatirlas es fortalecer la
democracia laboral.
El país se sostiene sobre sus trabajadores. No es una frase bonita; es la estructura misma de
la nación. En el sector privado, miles de hombres y mujeres impulsan la economía con
disciplina diaria, generando riqueza y sosteniendo empresas que, a su vez, dinamizan el
desarrollo. Sin embargo, ese esfuerzo exige reciprocidad. La estabilidad, la remuneración
justa y el respeto a la jornada laboral no pueden quedar a la voluntad; deben ser garantías
firmes.
Del mismo modo, el trabajador del sector público cumple una misión silenciosa pero
decisiva. Es quien da continuidad al Estado, quien garantiza servicios, quien aplica la ley y
quien sostiene la institucionalidad incluso en momentos de tensión. Desde una oficina, un
hospital, una escuela o una fiscalía, su labor impacta directamente la vida del ciudadano.
Cuando su dignidad se debilita, no solo pierde el servidor público: pierde la sociedad.
Hoy, más que nunca, se impone una vigilancia responsable sobre temas sensibles del
ámbito laboral. La cesantía, por ejemplo, no puede convertirse en una figura vacía o
disfuncional. Es una garantía que protege al trabajador frente a la ruptura del vínculo
laboral, y cualquier intento de desnaturalizarla debe ser observado con firmeza. Reformar
no es eliminar derechos; es perfeccionarlos sin desproteger.
A esto se suman otras discusiones necesarias: la seguridad social efectiva, la formalización
del empleo, la protección frente a despidos arbitrarios, el equilibrio entre productividad y
calidad de vida, y la adaptación a nuevas formas de trabajo sin sacrificar derechos
adquiridos. El mundo cambia, sí, pero la dignidad del trabajador no es negociable.
Un país no avanza solo con cifras económicas; avanza con justicia. Donde el trabajo es
respetado, el desarrollo es sostenible. Donde se precariza, el crecimiento es frágil y
desigual. Por eso, garantizar condiciones dignas en el sector público y privado no es solo un
deber legal, es una apuesta inteligente por la estabilidad social.
También la ciudadanía tiene un rol. Cada interacción diaria es una oportunidad para
construir respeto. Tratar con dignidad al que trabaja no es un gesto menor; es un reflejo de
la sociedad que queremos ser.
Este 1 de mayo, trasladado al 4, no debe quedarse en descanso. Debe ser un llamado claro a
mantenernos vigilantes, firmes y conscientes. Porque sin trabajo digno no hay futuro. Y sin
trabajadores respetados, no hay país que se sostenga.
Las naciones no se levantan desde los discursos, sino desde el esfuerzo constante de su
gente. Y ese esfuerzo merece algo más que reconocimiento: merece justicia real, sostenida
y sin retrocesos.



