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22 de julio de 2026 9:17 am Leído
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Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Vivimos en una época en la que nunca habíamos estado tan conectados y, paradójicamente,
tan distantes unos de otros. Un teléfono inteligente nos permite conocer en segundos lo que
ocurre al otro lado del planeta, pero muchas veces ignoramos el sufrimiento de quien vive
al otro lado de nuestra puerta. La indiferencia se ha convertido en una epidemia silenciosa
que avanza sin hacer ruido, erosionando lentamente los pilares de la convivencia.
No se trata únicamente de la falta de solidaridad frente a las grandes tragedias. La
indiferencia comienza en los pequeños gestos cotidianos, cuando dejamos de escuchar con
atención, cuando preferimos grabar un accidente antes que auxiliar a una víctima, cuando
asumimos que los problemas colectivos siempre deben ser resueltos por "alguien más". Es
una actitud cómoda, pero profundamente peligrosa.
La sociedad moderna ha promovido una cultura del éxito individual que, en ocasiones,
relega el compromiso con la comunidad. Se nos enseña a competir antes que a cooperar, a
destacar antes que a servir. Sin embargo, ninguna sociedad puede sostenerse únicamente
sobre los logros personales. Las comunidades prosperan cuando existe confianza, respeto y
la convicción de que el bienestar común también beneficia al individuo.
La indiferencia también debilita la democracia. Cuando los ciudadanos dejan de participar,
de cuestionar o de exigir transparencia, otros ocupan esos espacios. Los derechos no
desaparecen de un día para otro; se deterioran gradualmente cuando quienes los poseen
dejan de defenderlos. La apatía cívica suele abrir la puerta a decisiones que afectan a todos,
pero que pocos se preocuparon por vigilar.
Las redes sociales han contribuido, en cierta medida, a normalizar esta desconexión
emocional. Cada día desfilan ante nuestros ojos guerras, desastres naturales, actos de
violencia y crisis humanitarias. La sobreexposición al dolor termina generando una
peligrosa anestesia moral. Lo extraordinario se vuelve cotidiano y la tragedia deja de
conmovernos con la intensidad que debería. El problema no es estar informados, sino
acostumbrarnos a observar sin reaccionar.
Algo similar ocurre en nuestras propias ciudades. Muchas personas prefieren evitar
involucrarse por miedo, por desconfianza o simplemente por pensar que su aporte será
insignificante. No obstante, la historia demuestra que las grandes transformaciones casi
siempre comenzaron con acciones pequeñas y constantes. Una comunidad organizada, un
vecino dispuesto a ayudar o un ciudadano que denuncia una injusticia pueden convertirse
en el punto de partida de cambios profundos.
La educación desempeña un papel decisivo frente a este desafío. Formar ciudadanos no
consiste únicamente en transmitir conocimientos académicos, sino también en cultivar
valores como la empatía, la responsabilidad y el respeto. Un país que educa para la
solidaridad fortalece su tejido social y reduce la posibilidad de que la indiferencia se
convierta en una conducta aceptada.

También corresponde a las familias recuperar el valor del ejemplo. Los niños aprenden
mucho más de lo que observan que de lo que escuchan. Cuando crecen viendo actos de
generosidad, responsabilidad y compromiso con los demás, comprenden que formar parte
de una sociedad implica asumir deberes además de reclamar derechos.
Combatir la indiferencia no exige gestos heroicos. Significa escuchar antes de juzgar,
ofrecer ayuda cuando alguien la necesita, participar en iniciativas comunitarias,
respetar las normas que protegen el bien común y comprender que cada acción
individual tiene consecuencias colectivas. La suma de pequeñas decisiones responsables
puede transformar el ambiente de una comunidad entera.
En tiempos donde abundan las divisiones, la verdadera fortaleza de una sociedad no se
mide por el tamaño de su economía ni por el avance de su tecnología, sino por la capacidad
de sus ciudadanos para reconocerse como parte de un mismo destino. La indiferencia
construye muros invisibles; la empatía, en cambio, tiende puentes.
Quizá nunca logremos eliminar por completo los problemas que enfrenta el mundo, pero sí
podemos decidir no ser espectadores pasivos de ellos. Después de todo, una sociedad no
comienza a deteriorarse cuando aparecen las dificultades, sino cuando las personas de bien
dejan de sentirse responsables por lo que ocurre a su alrededor. Allí radica el mayor desafío
de nuestro tiempo: recordar que el futuro colectivo depende, en gran medida, de la
disposición de cada uno para mirar al otro con humanidad y actuar en consecuencia.

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