Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
La seguridad ciudadana no se construye únicamente persiguiendo al delincuente después de
que el delito ha ocurrido. Se construye mucho antes, mediante instituciones capaces de
identificar los riesgos, comprender sus causas, intervenir de manera oportuna y medir los
resultados de sus decisiones. Una política criminal eficaz no puede limitarse a
reaccionar ante el delito. Debe anticiparse a él.
He escrito anteriormente sobre criminalidad y seguridad ciudadana, pero la vigencia del
tema obliga a retomarlo. La preocupación de la población no desaparece con anuncios,
operativos ocasionales ni respuestas diseñadas bajo la presión de una coyuntura. La
seguridad requiere continuidad, método y decisiones sustentadas en evidencia.
El punto de partida debe ser el diagnóstico. Antes de decidir dónde aumentar el patrullaje,
qué programa implementar o dónde invertir recursos, es necesario conocer el territorio.
¿Dónde ocurren los delitos? ¿En qué horarios? ¿Quiénes son las víctimas? ¿Qué
modalidades predominan? ¿Qué factores sociales, familiares, económicos, ambientales o
institucionales están presentes?
Estas preguntas no son un ejercicio académico. Constituyen la base para tomar decisiones
correctas. Sin diagnóstico, se corre el riesgo de utilizar recursos donde no son
necesarios y dejar desprotegidos los lugares que realmente los requieren.
A partir de ese conocimiento debe construirse la planificación. La intervención primaria
debe actuar sobre las condiciones que pueden favorecer la aparición de conductas
delictivas, fortaleciendo la familia, la escuela, la educación, las oportunidades de empleo, la
convivencia y los espacios comunitarios. No se trata de pretender que los problemas
sociales desaparezcan por decreto, sino de reducir factores de riesgo y fortalecer aquellos
elementos que protegen a las personas.
La intervención secundaria debe concentrarse donde el riesgo es mayor. Jóvenes expuestos
a determinadas circunstancias, comunidades con elevados niveles de violencia y territorios
donde determinados delitos se concentran requieren respuestas específicas. En este ámbito,
la inteligencia policial y el análisis criminal resultan esenciales para orientar los recursos
hacia los problemas concretos.
Cuando el delito ya ocurrió, entra en juego la intervención terciaria. Allí el desafío consiste
en reducir la reincidencia mediante rehabilitación, educación, capacitación y reinserción
social. Una sociedad que sanciona pero no consigue disminuir la repetición del delito
termina administrando el problema en lugar de resolverlo.
También debe atenderse el entorno. Una calle mal iluminada, un espacio público
abandonado o un lugar sin vigilancia pueden convertirse en escenarios favorables para
determinadas conductas delictivas. La iluminación, la recuperación urbana, la
videovigilancia, el diseño ambiental y la presencia policial focalizada pueden reducir
oportunidades para delinquir cuando se aplican a partir de información concreta.
Pero existe una etapa que con frecuencia queda relegada y que debería ser obligatoria en
toda política pública seria: la evaluación de impacto.
No basta con ejecutar un programa, inaugurar una obra, aumentar el número de patrullas o
realizar cientos de operativos. Hay que saber qué ocurrió después. ¿Disminuyeron los
delitos que se pretendía reducir? ¿Se modificaron los patrones criminales? ¿Descendió la
reincidencia? ¿Mejoró la percepción de seguridad? ¿Los recursos invertidos produjeron
beneficios proporcionales?
La respuesta debe encontrarse en los datos.
Una política pública eficiente no es necesariamente la que más recursos consume ni la que
genera mayor exposición mediática. Es aquella que define un problema, establece
objetivos, asigna recursos, determina responsables y puede demostrar, mediante indicadores
verificables, que produjo un cambio.
Por eso, el debate sobre seguridad no debería reducirse a la llamada mano dura. La
autoridad debe ser firme frente al delito, pero la firmeza no está reñida con la inteligencia.
Investigar, perseguir y sancionar son funciones indispensables, pero también lo son
anticipar riesgos, intervenir oportunamente y evitar que las mismas condiciones produzcan
nuevas víctimas.
La seguridad exige policías preparados, fiscales comprometidos, un sistema penitenciario
orientado a la reinserción, gobiernos locales activos y comunidades capaces de participar en
la solución de sus propios problemas. Ninguna institución, por sí sola, puede cargar con una
responsabilidad que pertenece al conjunto del Estado y de la sociedad.
La verdadera fortaleza de una política criminal no se mide únicamente por su
capacidad de reaccionar, sino por su capacidad de evitar que el delito ocurra y de
impedir que se repita.
Ese debe ser el horizonte. Pasar de una cultura de reacción permanente a una gestión
inteligente de la seguridad, donde cada decisión tenga un diagnóstico detrás, cada
intervención responda a una planificación y cada inversión pueda ser sometida al juicio de
sus resultados.
Porque frente a la criminalidad no basta con llegar después. El Estado también debe
aprender a llegar antes.


