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El país que trabaja, pero siente que el dinero no alcanza

21 de octubre de 2026 8:55 am Leído
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El país que trabaja, pero siente que el dinero no alcanza

Economía familiar y desarrollo social

Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Hay una escena que se repite en miles de hogares dominicanos. Llega el salario y, casi de
inmediato, comienza a distribuirse entre alimentos, vivienda, transporte, electricidad,
educación y salud. Las obligaciones se acumulan y el dinero parece agotarse antes de
terminar el mes. Las personas cumplen con sus compromisos, pero cada vez les resulta más
difícil ver los frutos de su esfuerzo.
En septiembre de 2026, una encuesta publicada por Diario Libre identificó el alto costo de
la vida como la principal preocupación económica del 24.7 % de los encuestados. Detrás de
ese porcentaje hay una inquietud que merece atención. ¿Qué significa progresar cuando los
ingresos apenas permiten cubrir las necesidades esenciales?
El problema no consiste solamente en cuánto se gana, sino en lo que ese ingreso
permite resolver. Cuando el presupuesto familiar obliga a elegir entre necesidades
igualmente importantes, se aplaza una consulta médica, se pospone una reparación o se
recurre al crédito para completar los gastos del hogar. Así, las decisiones económicas dejan
de responder a proyectos de futuro y pasan a concentrarse en resolver las urgencias del
presente.
Esta realidad revela una distancia entre los indicadores económicos y la experiencia de
quienes sostienen la actividad productiva del país. La prosperidad adquiere verdadero
sentido cuando las familias pueden alimentarse, educar a sus hijos, atender una emergencia
y planificar el futuro.
La respuesta no está en prometer soluciones inmediatas ni en desconocer las exigencias del
equilibrio económico. Se requiere una estrategia que combine mejores ingresos con
medidas capaces de reducir los obstáculos que encarecen los bienes y servicios esenciales.
Al Estado le corresponde promover mercados transparentes y competitivos, vigilar las
prácticas abusivas y favorecer condiciones que permitan generar empleos formales con
remuneraciones adecuadas. La política salarial debe considerar la evolución de los precios
y la productividad, porque un aumento nominal pierde sentido cuando su capacidad de
compra se deteriora rápidamente.
Fortalecer la producción nacional, especialmente la agropecuaria, también debe formar
parte de una estrategia de largo plazo. Un país que desarrolla su capacidad productiva
reduce vulnerabilidades, crea oportunidades y responde mejor a las necesidades de su
población. Producir más no garantiza automáticamente precios bajos, pero una oferta
eficiente y una distribución competitiva pueden contribuir a mejorar las condiciones del
mercado.
Los sectores empresariales, por su parte, deben reconocer que su prosperidad está vinculada
a la capacidad de compra de la población. Una economía necesita empresas rentables, pero

también trabajadores con remuneraciones justas y consumidores capaces de participar en el
mercado sin comprometer sus necesidades básicas.
La educación financiera puede ayudar a organizar los gastos, evitar el endeudamiento
innecesario y planificar las compras. Sin embargo, ninguna técnica presupuestaria puede
compensar indefinidamente ingresos insuficientes. La planificación individual es útil, pero
no sustituye las transformaciones económicas que requiere el país.
Quizás la pregunta más importante sea qué entendemos por progreso. Si una familia cumple
con sus obligaciones durante todo el mes y, aun así, no consigue ahorrar ni afrontar un
imprevisto, algo merece ser revisado. No se trata de exigir que todos tengan lo mismo, sino
de procurar que el esfuerzo honrado abra oportunidades reales.
República Dominicana debe asumir una pregunta que no admite indiferencia. ¿De qué sirve
la prosperidad nacional si no se traduce en mejores condiciones de vida para quienes la
hacen posible? El Estado debe convertir sus políticas económicas en resultados tangibles;
los sectores productivos deben contribuir a generar empleos y remuneraciones justas, y la
sociedad debe exigir que el bienestar se mida también por lo que ocurre dentro de cada
hogar.
Ha llegado el momento de dejar de considerar normal que una persona cumpla con sus
obligaciones, reciba su salario y aun así tenga que elegir qué necesidad dejar pendiente. Esa
realidad no debe aceptarse como inevitable, sino enfrentarse con decisiones serias, políticas
eficaces y voluntad de corregir lo que no funciona.
Convertir esta aspiración en resultados exige evaluar el poder adquisitivo de los salarios,
fortalecer la vigilancia de los mercados, apoyar la producción nacional y facilitar la
creación de empleos formales. También requiere que las políticas públicas se midan por sus
efectos concretos y que los sectores productivos comprendan que su desarrollo está
vinculado al bienestar de la población.
El progreso de una nación comienza a hacerse visible en sus hogares, cuando los
ingresos permiten cubrir las necesidades esenciales, afrontar imprevistos y ofrecer
mejores oportunidades a los hijos. Para lograrlo, República Dominicana necesita que
el esfuerzo honrado se traduzca en condiciones reales de bienestar y movilidad
económica. Al final, el éxito de un país no se mide únicamente por sus indicadores,
sino por la posibilidad de que sus ciudadanos vivan mejor gracias a su propio
esfuerzo.

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