Durante los 8 años de gobierno del PLD que encabezó Danilo Medina, la República Dominicana fue sistemáticamente forzada a cambiar muchos de sus patrones de gestión política del Estado. Una rápida revisión de sus dos períodos permite descubrir que, desde los primeros meses, se empezó a entronizar en el Estado no la corrupción política, sino una “política de corrupción”, cuya fermentación llegó a amenazar los cimientos mismos de nuestra democracia, para lo cual se diseñó y puso en ejecución un plan macabro para poner la Constitución de la República en sintonía con los perversos propósitos de perpetuarse en el poder.
Producto de estos desafueros partidarios, rápidamente el traumatismo en el cuerpo institucional de la nación, sus efectos en el psiquismo social y el desarrollo de una cultura del crimen organizado para favorecer la corrupción, se convirtieron en una patología en el cuerpo y alma del Estado, que llegó a provocar náuseas en la ciudadanía, adquiriendo el carácter de enfermedad crónica que solo pudo ser aliviada con el vómito de votos en contra de esa cúpula palaciega el día 5 de julio pasado.



