¿Cuándo perdimos nuestra humanidad?
Con frecuencia escuchamos que en nuestro país “hemos perdido los valores”. Al no especificar
a qué valores se refiere quien habla, esta afirmación adolece de ser demasiado vaga. En realidad, todo
ser humano se guía, consciente o inconscientemente, por un sistema de valores, por un paradigma
mental que proviene de su familia, de su cultura o de las lecciones aprendidas durante su vida.
A juzgar por la debacle moral en la que parece estar sumergido nuestro país; a juzgar por los
crímenes abominables que casi semanalmente nos traen las cadenas de noticias; y a juzgar por la
conducta semisalvaje que casi a diario contemplamos en las calles, podemos concluir que hemos
sustituido valores como la cortesía, la honestidad, la cooperación, el altruismo y la bondad por valores
negativos como la violencia irracional, la corrupción, la deshonestidad, la falta de civilidad, la cortesía y
la vulgaridad gratuitas
Nos hemos convertido, en suma, en una sociedad deshumanizante.
La pregunta inevitable ante el espectáculo de barbarie en el que parece sumergido nuestro país
es, ¿cuándo perdimos nuestra humanidad?
La perdimos cuando no aprendimos, o cuando olvidamos, a vivir decentemente con lo
necesario, cuando nos convertimos en acumuladores de bienes que no necesitamos en realidad,
poseídos por un afán enfermizo de ostentación que nos ha llevado a creer que somos lo que poseemos.
No hemos entendido todavía que, como sentenció una vez Séneca, que “no es más pobre el que menos
tiene, sino el que más desea”.
Perdimos nuestra humanidad cuando olvidamos que estamos hechos para la cooperación, que
no hubiéramos sobrevivido como especie en este planeta sin la ayuda del clan, de la familia o de otros,
que nadie puede hacer nada solo y que en nuestro trayecto por la vida necesitamos la ayuda de la
mano amiga para el logro de nuestros objetivos. Sin embargo, el mantra de nuestra época no es la
cooperación, sino la “competitividad”.
Perdimos nuestra humanidad cuando empezamos a comportarnos más como depredadores que
como seres humanos, cuando políticos deshonestos nos enseñaron a ver a las personas como objetos
desechables, cuando aprendimos a valorar a otros por sus bienes materiales y no por su culto
inquebrantable a la honestidad, a la decencia y a la confraternidad.
Perdimos nuestra humanidad cuando el político truchimán, oportunista, trapero y acumulador
de riquezas mal habidas se convirtió en nuestro héroe y modelo.
Perdimos nuestra humanidad cuando nos olvidamos de las diversiones sanas, cuando apareció
el colmadón como antro del consumo astronómico de alcohol y de generación de música a niveles
ensordecedores y tormentosos que perturban el sueño del vecino quien teme una represalia violenta si
se atreve a quejarse.
Perdimos nuestra humanidad cuando nuestra máxima aspiración no es ya la casa que queremos
convertir en nuestro hogar, sino el jeepetón que convertimos en el símbolo del progreso material y en
cuyo interior nos pavoneamos como grandes señores, y en el que invertimos una jugosa suma de dinero
para equiparlo con enormes bocinas de las que brota la música que, como lava ardiente se riega por las
calles, contribuye a la contaminación sónica de nuestras ciudades.

Perdimos nuestra humanidad cuando elevamos el dinero a la categoría de valor máximo,
cuando el acceso al buen cuidado médico se convirtió en una mercancía como cualquier otra a la que
solo tienen derecho los muy poderosos.
Hemos perdido nuestra humanidad al convertirnos en consumidores irreflexivos que rinden
culto al desperdicio, sin caer en la cuenta de que los animales inferiores son superiores a nosotros ya
que respetan la integridad de la naturaleza al tomar de ella únicamente lo que necesitan sin alterar,
como nosotros, su balance y equilibrio.
Perdimos nuestra humanidad cuando convertimos toda transacción e interacción humana en un
proceso de compra y venta, cuando empezamos a creer que cada quien tiene su precio y. que solo es
cuestión de tiempo encontrarlo.
Perdimos nuestra humanidad cuando fuimos perdiendo cada vez más nuestra conmiseración,
nuestra empatía hacia los desposeídos y hacia los que nada tienen, cuando nos enseñaron, en fin, a
hacer caso omiso al dolor y la miseria ajenos.
F


