El general Ulises Heureaux (1845-99), una de las personalidades más singulares y dominantes de nuestra historia en el último cuarto del siglo XIX, flechó con sus proverbiales dones de caballero a doña Emilia Serrano (1843-1922), la trotamundos baronesa de Wilson, quien nos visitara en más de una ocasión y plasmara con entusiasmo sus impresiones de viaje en libros y artículos pulcramente escritos. Hija de notario destacado en la corte de Isabel II, la Serrano recibió esmerada educación en París en el Colegio Sagrado Corazón, dominando francés, inglés e italiano. Codeándose precoz con personalidades señeras de la talla de Lamartine y Dumas, quienes acuñaron el apelativo Madame Minerve para caracterizarla.
Cofundadora junto al barón de Gilmaud de la Revista del Nuevo Mundo, también dirigió la publicación periódica La Caprichosa, destacándose por sus obras descriptivas de América, sus pueblos y personajes, con los cuales se relacionó de primera mano. Incursionando en la poesía, la dramaturgia, aparte de la crónica periodística y el ensayo.
Lilís -quien por sus orígenes humildes y su perfil fenotípico no dejó de representar una verdadera prueba para la élite dominante de entonces- protagonizó desde el ejercicio del poder autoritario una fase clave en la modernización capitalista del país. Su ciclo coincidió con la recepción de inmigración empresarial y profesional procedente de Cuba y Puerto Rico, predominantemente, que dio impulso vigoroso a la industria azucarera en las provincias de Santo Domingo y Azua, así como en Puerto Plata y San Pedro de Macorís. Atrayendo braceros antillanos y comerciantes de diversas latitudes, así como otros emprendimientos de negocios.
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Aparte las vías férreas que los ingenios emplazaron en sus dominios y en conexión con sus puertos de embarque, las comarcas cibaeñas colmaron expectativas al contar con servicios ferroviarios comerciales como el que uniera a La Vega con Sánchez, a La Gina con San Francisco y el fundamental Ferrocarril Central Dominicano que empatara a Santiago con Puerto Plata. Canalizando el comercio exterior del cacao criollo, el tabaco de las vegas cibaeñas y otros renglones, así como las importaciones y el tráfico de pasajeros.
En esos años, surgieron nuevas tecnologías con las comunicaciones telegráficas, las nacientes telefonía y el servicio eléctrico. Ya en 1886, una concesión norteamericana fichaba en la capital 63 suscriptores al servicio de telefonía, entre los que figuraban el Padre Billini y su Beneficencia, las boticas Nacional, La Legalidad, La Dominicana y Francesa de Monsieur Goussard. Aduanas, Correos, Hacienda, Palacio, Gobernación Civil y Militar, Comandancia de Puerto. Consulado Americano, Club del Comercio, Café Cosmopolita, Eco de la Opinión e Imprenta de José Ricardo Roques.
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Asimismo, figuraban empresarios y comerciantes como J.B. Vicini y Samuel Curiel, ambos Almacén y Casa, Donato Salvuccio y su gran colmado, José Martin Leyba. Y profesionales como los doctores Carlos Arvelo y Santiago Ponce de León.
Las ideas positivistas y la flamante ideología del progreso ganaron impulso con la presencia de Hostos y su obra educativa normalista y universitaria, que gozó del apoyo entusiasta de los Henríquez y Salomé, y de una pléyade de jóvenes seguidores. Y el respaldo de medios impresos de la calidad de El Eco de la Opi



