Sosúa y la batalla por recuperar el turismo con dignidad
Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Sosúa es mucho más que un destino turístico. Es historia, trabajo y resiliencia. Es un
municipio que aprendió a crecer mirando al mar y abriendo sus puertas al mundo,
convirtiéndose en una referencia importante para Puerto Plata y para la República
Dominicana. Sus playas, su diversidad cultural y la hospitalidad de su gente construyeron
durante décadas una reputación basada en el descanso, la convivencia y el intercambio
humano. Sin embargo, junto al desarrollo también fueron creciendo prácticas que
terminaron distorsionando parte de esa identidad y proyectando una imagen que no
representa la esencia de su comunidad.
Quizás algunos consideren repetitivo volver sobre este tema. Tal vez parezca que insistimos
demasiado al hablar de turismo sexual, proxenetismo, explotación y deterioro social. Pero
la verdad es sencilla. Resulta imposible dejar de escribir sobre lo mismo cuando el
problema persiste y continúa desafiando la tranquilidad, la seguridad y la dignidad de un
pueblo. El silencio jamás ha sido solución para las heridas sociales; muchas veces ha sido el
terreno fértil donde estas se profundizan.
Durante años, determinados espacios de Sosúa fueron asociados a dinámicas incompatibles
con un turismo sano y sostenible. No se trata de desconocer la importancia económica del
turismo ni de ignorar que cientos de familias viven directa o indirectamente de esta
actividad. Precisamente por reconocer ese valor es que debe defenderse con firmeza aquello
que garantiza su permanencia y credibilidad. Ningún destino fortalece su marca
internacional cuando permite que actividades ligadas a la explotación humana, la trata o el
proxenetismo se normalicen bajo el disfraz del entretenimiento o la tolerancia social.
Con demasiada frecuencia se presenta un falso dilema entre economía y legalidad, como si
proteger la actividad turística implicara aceptar prácticas que degradan la convivencia y
vulneran derechos fundamentales. Esa visión resulta equivocada y peligrosa. Los destinos
que hoy exhiben modelos turísticos sólidos y admirados entendieron hace tiempo que
la seguridad, el orden y el respeto a la dignidad humana no son obstáculos para el
desarrollo, sino parte esencial de la experiencia que ofrecen.
Sosúa no necesita escoger entre prosperidad y decencia. Necesita consolidar ambas.
Reducir esta discusión a una confrontación entre autoridades y sectores económicos
tampoco ayuda. El problema posee raíces más profundas y requiere una mirada más
honesta. Existen vulnerabilidades sociales, necesidades económicas y vacíos institucionales
que durante mucho tiempo facilitaron escenarios aprovechados por estructuras dedicadas a
lucrarse del cuerpo y de la fragilidad ajena. Negarlo sería tan irresponsable como pretender
que la solución llegará únicamente mediante acciones aisladas o respuestas momentáneas.
La recuperación auténtica exige continuidad y voluntad colectiva. Requiere que
autoridades, empresarios, líderes comunitarios y ciudadanos comprendan que el futuro del
municipio no puede quedar secuestrado por actividades que lesionan su reputación y
limitan sus posibilidades de crecimiento. También exige fortalecer la prevención, ampliar
oportunidades y construir espacios donde la juventud encuentre caminos distintos al dinero
fácil y a las falsas promesas que tantas veces esconden explotación y violencia.
Defender esta visión no implica desconocer el valor del debido proceso ni las garantías
fundamentales que sostienen nuestro sistema democrático. Toda actuación estatal debe
desarrollarse dentro del marco legal, con respeto a los derechos humanos y con apego a las
normas que protegen tanto a las víctimas como a las personas sometidas a investigación. La
legalidad no debilita la lucha contra el delito; le otorga legitimidad y fortaleza.
Sosúa atraviesa un momento determinante. Las transformaciones profundas rara vez
ocurren sin incomodidades o debates. Pero los pueblos que logran avanzar son aquellos
capaces de enfrentar sus desafíos sin maquillarlos ni convertirlos en tabúes intocables.
Las playas seguirán siendo hermosas y el mar continuará regalando el mismo horizonte
azul que enamora a quienes llegan por primera vez. Sin embargo, el verdadero prestigio de
un destino no descansa únicamente en sus paisajes. Descansa en la capacidad de proteger
su identidad, defender su convivencia y garantizar que el turismo sea fuente de
bienestar y no de degradación.
Sosúa merece seguir siendo puerta abierta al mundo, pero jamás puerta abierta a aquello
que le roba dignidad y empaña


