En nuestra cultura de apariencias, de envase, como la definió Eduardo Galeano, el carro es uno
de los signos máximos del progreso, el preciado objeto que para muchos significa que se ha alcanzado la
cúspide del éxito material. Vivimos en un culto al automóvil que un amigo de este redactor definió
como una “jeepetocracia”. Para muchos, obtener el carro es más importante que obtener la casa. En el
sistema de prioridades retorcidas que le ha inculcado a mucha gente la cultura consumista del
neoliberalismo, el carro se cuida más que la propia salud. Se ve casi como una extensión del cuerpo. Eso
explica que el roce accidental a un vehículo en nuestro país pueda causar, en muchas ocasiones, la
reacción airada e irracional de su dueño. Mientras más grande es la jeepeta, más pretende impresionar
quien la posee. Más poder se cree tener. Podrá ser un baturro analfabeto que apenas sepa firmar su
nombre, pero se cree alguien importante por poseer un objeto que con el tiempo se deprecia.
Ese exceso de vehículos ha transformado no solo a Puerto Plata, sino también a las grandes
ciudades y capitales del mundo en ciudades estresantes, ruidosas, con grandes embotellamientos de
vehículos y con poca calidad de vida para sus habitantes.
Hemos venerado demasiado el carro, lo hemos convertido en un objeto de adoración casi
patológica. Las calles ya no nos pertenecen. Pertenecen a los automovilistas. Desplazarse en Puerto
Plata diariamente es observar una fiera lucha por ganar espacio. Un espacio que cada día se agota más.
Cada vez más se están dedicando áreas de la ciudad al estacionamiento de vehículos. Automóviles y
bancas de apuestas. Eso dice mucho de nuestro retorcido sistema de prioridades.
La razón de esta locura colectiva se encuentra en lo que, como signo, representa el automóvil.
Quien compra un carro no está comprando simplemente un medio de transporte. Está comprando un
status. Esa obsesión con el automóvil ha creado esa especie tan frívola y banal que tanto abunda por
doquier: me refiero al jeepetólogo, al individuo con una veneración casi enfermiza hacia las jeepetas y
los automóviles. En cierto lugar de esta ciudad, he observado a un grupo de jóvenes contemplar y
hablar de sus vehículos con un fervor que raya en la anormalidad. Ruben Blades retrató la frivolidad de
esta especie tan común en Latinoamérica en su canción “Plástico” en la que se refiere a jóvenes cuyo
único tema de conversación es discutir “qué marca de carro es mejor”. La fijación hacia el automóvil ha
sido calificada por algunos siquiatras como una anomalía mental.
Hacia ciudades más humanas
Por dondequiera que veamos, resulta ya evidente que el exceso de automóviles está causando
grandes problemas no solo aquí, sino en el resto del mundo. Hablamos no solo de contaminación
ambiental, sino de los grandes embotellamientos, con su secuela de estrés, que se producen en las
grandes capitales del mundo debido a las cifras astronómicas de vehículos. Esto ha dado lugar a que
planificadores urbanos en distintas capitales europeas estén proponiendo nuevas políticas de diseños
urbanos teniendo como prioridad poner a la gente, y no al automóvil, en el centro de la vida urbana.
Uno de esos planificadores urbanos es Carlos Moreno, de origen colombiano, quien ha propuesto la
idead de las ciudades de quince minutos.
¿Qué son las ciudades de quince minutos?
Son ciudades inclusivas en las que el ciudadano común puede llegar con facilidad a los lugares
que ofrecen servicios esenciales- centros médicos, escuelas, supermercados, etc-ya sea caminando o
desplazándose rápidamente en transporte público de calidad. Como las define Carlos Moreno, profesor
de urbanismo en la Sorbona de Paris: “Cuando se camina a 15 minutos, cuando se va en bicicleta a 15
minutos, cuando se calma la vida de la ciudad porque ya no son autos sino calles para la vida en las que
se crea biodiversidad, naturaleza, vegetación, lugares de juego, plazoletas para estar, la relación
sicológica del habitante con su ciudad se vuelve una relación afectiva.”
Las ciudades de quince minutos restringen la descontrolada circulación de automóviles
que prima en la mayoría de ciudades del mundo. Por esta razón, y debido al fiero individualismo que
prima en la conducta humana, esta idea ha encontrado oposición en aquellos que quieren poner al
automóvil, y no a la gente, en el centro de la vida urbana. Los opositores hasta han apelado a las teorías
de conspiración y dicen que las ciudades de quince minutos obedecen a un plan secreto para crear
hacinamientos urbanos donde se restringe la libertad de tránsito de la gente. Nosotros creemos que
estas críticas son esgrimidas por los que quieren mantener la presente infraestructura, es decir, la de
ciudades no con centros urbanos donde los ciudadanos se reúnan para conocerse mejor, sino ciudades
donde los seres humanos vivan aislados y donde el automóvil sea el principal factor del caos que
prevalece en muchas ciudades del mundo.



