Suceden espontáneamente, como sucede todos los días, sin proponérselo, el milagro de
un nuevo amanecer.
Suceden como sucede el crecimiento de una semilla, impulsada solo por la conciencia
universal que la hace germinar sin esfuerzo en la tierra que la recibe.
Suceden como suceden las buenas amistades y los buenos encuentros personales,
producto de la confluencia de temperamentos afines.
Suceden como los encuentros eróticos no planeados o como los arcoíris cuyos colores
brillan hermosamente después de una lluvia intensa.
Suceden como el crepúsculo que da paso a la lenta llegada de la noche, y que mueve a
las almas sensibles a contemplar el misterio de la creación.
Suceden con la espontaneidad de un abrazo efusivo, de una sonrisa sincera, de un
caluroso apretón de manos.
Suceden como sucede el más alto acto de creación del universo: la gestación de un ser
humano en el vientre de su madre.
Los componentes del universo no viajan en líneas rectas; se combinan sin esfuerzo en
una hermosa sopa cósmica donde los eventos ocurren sin agendas ni planes.
No planea un pájaro su canto, simplemente lo ofrece; no planea la lluvia su caída,
simplemente desciende de las nubes; no planea la fruta su madurez, simplemente, a su debido
tiempo, está lista para ser mordida.
Las mejores cosas que ocurren en la vida se dan sin manipulación, sin planeamientos,
sin exceso de cálculos.
El universo es intrínsicamente espontáneo y natural.
Imitemos, pues, el método de creación del universo. Cultivemos en nuestras vidas lo
natural, lo vivo, lo espontáneo.



