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La generación de los influencers

28 de julio de 2026 11:40 am Leído
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Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Vivimos en una época en la que un teléfono celular puede abrir las puertas al conocimiento,
crear una empresa, acercar a una familia separada por la distancia o convertir a una persona
común en una figura seguida por millones. Nunca antes la humanidad había tenido tanta
capacidad para comunicar, persuadir e influir. Sin embargo, ese mismo poder ha cambiado
la forma en que entendemos el éxito, las relaciones humanas y hasta nuestra propia
identidad.
Los teléfonos inteligentes dejaron de ser simples herramientas de comunicación. Hoy son el
escenario donde se informa una parte importante de la población, donde se construyen
opiniones y donde miles de jóvenes buscan referentes para vestir, hablar, consumir e
incluso definir sus aspiraciones. La pantalla del celular se ha convertido, para muchos, en la
primera ventana al mundo al despertar y en la última antes de dormir.
En este nuevo escenario surgió la figura del influencer. Se trata de una profesión que refleja
la democratización de la comunicación. Ya no es necesario pertenecer a un gran medio de
comunicación para llegar a millones de personas. Cualquier ciudadano con creatividad,
disciplina y un mensaje atractivo puede construir una comunidad digital. Muchos utilizan
ese espacio para enseñar, divulgar ciencia, promover la lectura, emprender negocios, apoyar
causas sociales o compartir experiencias que motivan a otros. Gracias a ellos, numerosas
personas han encontrado oportunidades de crecimiento personal y económico.
No obstante, el mismo entorno que premia la creatividad también recompensa la
inmediatez. La competencia por captar la atención ha provocado que, en ocasiones, el
contenido más visible no sea el más útil, sino el más llamativo. La polémica, el escándalo y
la exageración suelen recibir más difusión que el conocimiento, el esfuerzo o el talento.
Poco a poco se ha instalado la idea de que la popularidad equivale al éxito y que la cantidad
de seguidores determina el valor de una persona.
Esta realidad merece una reflexión profunda. Muchos adolescentes pasan varias horas al día
observando vidas aparentemente perfectas, viajes constantes, lujos, cuerpos idealizados y
logros inmediatos. Lo que pocas veces aparece en pantalla son los fracasos, los sacrificios,
las frustraciones y el trabajo que existe detrás de cualquier resultado. Esa comparación
permanente puede generar ansiedad, insatisfacción y una visión distorsionada de la
realidad.
Las consecuencias también son visibles en la convivencia diaria. Es frecuente encontrar
familias reunidas en un mismo espacio donde cada integrante permanece concentrado en su
propio teléfono. Las conversaciones son reemplazadas por notificaciones, los encuentros
por publicaciones y las experiencias por fotografías destinadas a obtener aprobación en las
redes sociales. Paradójicamente, nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo,
tan distantes unos de otros.

El problema no reside en la tecnología ni en quienes generan contenido de manera
responsable. El verdadero desafío consiste en aprender a utilizar las herramientas digitales
sin permitir que ellas definan nuestra autoestima, nuestras relaciones o nuestros valores. Un
celular puede facilitar el aprendizaje, impulsar un emprendimiento o fortalecer la
comunicación familiar cuando se utiliza con equilibrio. También puede convertirse en un
factor de aislamiento cuando sustituye el diálogo, la lectura, el pensamiento crítico y la
convivencia.
La influencia es una responsabilidad que trasciende la cantidad de seguidores. Cada
publicación transmite una idea, cada recomendación puede modificar una conducta y cada
mensaje tiene el potencial de inspirar o de confundir. Por esa razón, quienes poseen una
audiencia numerosa deberían comprender que su impacto va mucho más allá del
entretenimiento. Influir implica asumir un compromiso con la verdad, el respeto y el
bienestar de quienes depositan su confianza en sus contenidos.
Al mismo tiempo, la sociedad debe formar ciudadanos capaces de consumir información
con criterio. No todo lo que se hace viral es verdadero, útil o digno de imitar. El
pensamiento crítico sigue siendo la mejor herramienta para distinguir entre quien aporta
conocimiento y quien solo persigue notoriedad.
Quizá la pregunta más importante no sea cuántos influencers existen, sino qué clase de
influencia estamos premiando como sociedad. El futuro no dependerá de quienes acumulen
más seguidores, sino de quienes utilicen la tecnología para educar, inspirar y construir una
cultura donde el reconocimiento no se mida por la fama efímera, sino por el bien que se
hace a los demás. Porque los verdaderos referentes no son quienes dominan los algoritmos,
sino quienes dejan una huella positiva en la vida de las personas.

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