La ruta entre Santiago y Puerto Plata sigue siendo una cicatriz sinuosa sobre la Cordillera Septentrional. Curvas peligrosas, desprendimientos constantes y un perfil montañoso dificultan el paso de vehículos pesados y limitan el ritmo tanto del turismo como del comercio. El paisaje, sin duda hermoso, hoy supone una pendiente cuesta arriba frente a las aceleradas demandas. Desde hace décadas, se sabía que una carretera directa y segura era más que una necesidad: una urgencia.
Por ello, cuando esta semana la vicepresidenta Raquel Peña declaró que la autopista del Ámbar, una de las obras viales más esperadas en las últimas décadas para la región Norte, se encamina finalmente a su ejecución, no fueron pocas las reacciones de interés.
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La vicemandataria dejó entrever que, con la inclusión de recursos en el presupuesto complementario, que destina un 20 por ciento a inversión pública, finalmente se hará realidad este proyecto.
“El presidente Luis Abinader ha trabajado de manera consistente durante cinco años para encontrar la mejor forma de hacer realidad este proyecto. La carretera del Ámbar no es solo un sueño de los santiagueros, sino una necesidad estratégica para la región y para todo el país”, expresó. «Esta vía abrirá las puertas de toda la zona norte del Atlántico y será un verdadero camino de desarrollo para el país».
Huellas del pasado
Así lucía en 1906 el túnel de Altamira, Puerto Plata, al atravesar limolitas de la cordillera Septentrional
Así lucía en 1906 el túnel de Altamira, Puerto Plata, al atravesar limolitas de la cordillera Septentrional
La historia de las conexiones entre Santiago y Puerto Plata está marcada por caminos coloniales desde los valles que rodean el Pico Diego de Ocampo, por un ferrocarril trujillista que trazó su cauce hacia Navarrete, y por carreteras abandonadas por su inseguridad y curvas pronunciadas. La carretera original construida en 1927, con su punto más alto en el paso de la Cumbre, fue pensada para soportar pequeños flujos de tráfico, sin imaginar el boom turístico posterior.
En los años 70, Balaguer intentó modernizar la ruta tomando parte del camino ferroviario, resultando una vía más larga pero más segura. Sin embargo, el crecimiento poblacional y turístico sobrepasó su capacidad. Hoy, esa vía es una arteria saturada, propensa a deslizamientos y limitada en su beneficio económico y turístico.
Entrada a Puerto Plata por la carretera turística


