de PuePor Hilda Patricia Lagombra Polanco
Puerto Plata fue escenario, el pasado domingo, de una jornada intensa de inauguraciones y
supervisiones encabezadas por el presidente Luis Abinader. Sin embargo, entre carreteras
remozadas y plantas de residuos supervisadas, hubo un acto que sobresalió por encima de todos:
el encuentro con 350 jóvenes estudiantes de liceos, colegios y del programa inglés por
Inmersión, realizado en el Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional (Infotep). Ese
momento nos recuerda que la verdadera transformación de un país no se mide solo en obras de
cemento, sino en la inversión en su gente.
La juventud habló y fue escuchada. En un ambiente democrático, los estudiantes compartieron
sueños, inquietudes y propuestas para el futuro. El presidente informó acerca de los resultados de
su gestión, destacando el aumento en los salarios del sector privado, la expansión histórica de la
Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la modernización de los servicios públicos y
la promesa de más politécnicos para ampliar la formación técnica. Además, anunció la
incorporación de la inteligencia artificial en el sistema educativo y el fortalecimiento del inglés
como segunda lengua.
Pero el ejercicio de escuchar a la juventud no debe quedarse en quienes ya están en las aulas. Es
imperativo incluir a aquellos jóvenes que viven en condiciones de vulnerabilidad, atrapados en
barrios donde la falta de empleo, la deserción escolar y la presión de los entornos sociales los
colocan en la antesala de la criminalidad. Prevenir el delito implica mucho más que llenar las
calles de policías; requiere abrir caminos de esperanza y oportunidades reales para quienes hoy
se sienten fuera del sistema. Cada joven rescatado del riesgo de exclusión es una cárcel menos
llena y una comunidad más segura.
Puerto Plata, llamada con justicia “La Novia del Atlántico”, sabe bien lo que significa
reinventarse. Su historia turística es prueba de resiliencia, pero ahora enfrenta un reto aún mayor:
garantizar que las nuevas generaciones sean parte activa de ese renacer. Porque de nada sirve
inaugurar museos o reconstruir calles si los jóvenes que deben disfrutar de esas obras se sienten
relegados, invisibles o sin horizonte.
El conversatorio del presidente con los jóvenes debe leerse como un símbolo de lo que necesita
la República Dominicana: un liderazgo que escuche, que confíe y que convierta las aspiraciones
de la juventud en política pública. No hay mejor inversión que aquella que se hace en las mentes
y en los corazones de los jóvenes.
En definitiva, Puerto Plata vuelve a levantarse con fuerza, y lo hace de la mano de su juventud.
Escuchar sus voces, especialmente las de quienes están en riesgo, no es solo un gesto político; es
una obligación moral y una estrategia de futuro. Porque solo con jóvenes protagonistas, libres de
exclusión y de criminalidad, podremos hablar de un verdadero renacer nacional.


