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Felipe kemp y los cambios en Puerto Plata

25 de septiembre de 2024 3:12 pm Leído
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Puerto plata, ciudad tomada
Felipe Kemp

Sobre el material de zinc, o de hojalata, pintado de amarillo, y junto a un tanque de gas que lo
suplía de fuego, estaba escrito, en pequeñas letras negras, el nombre del establecimiento comercial
movible, epítome de la economía informal tan típica en cualquier calle de nuestro país: ¨David Chimi¨.
En más de una ocasión, al caminar por la acera en la que, sentado en una silla recostada a una pared, el
dueño de este negocio vende su producto, he tenido que salirme de la misma porque el pequeño
¨microempresario ¨ bloquea totalmente el paso de peatones, lo cual me obliga a tomar la calle para
poder continuar mi camino. Hace poco, al caminar frente a este puesto de expendio de comida sin
ningún tipo de supervisión, me vino a la mente la siguiente pregunta: ¿Qué sucedería si, estimulados por
el ejemplo de este señor, otros ¨emprendedores¨ informales cubren completamente el espacio de la
acera forzando a los peatones a desplazarse hacia la calle en medio del tráfico? Probablemente nada. Y
no ocurriría nada por una razón: porque tal vez estos individuos, que no están sometidos a ningún tipo
de regulación por parte del ayuntamiento local, que se hace de la vista gorda frente a este tipo de
violaciones, encontrarían defensores, incluyendo a las mismas autoridades del cabildo, que justificarían
el derecho de ellos a operar, esgrimiendo un argumento con el cual se pretende justificar todo tipo de
arrabalización en nuestras ciudades: es el cacareado ¨padrefamilismo¨, es decir, el derecho de un
individuo a establecer un negocio donde le dé la gana porque tiene que mantener a su familia. Es este
argumento el que ha traído como consecuencia esa flagrante ocupación de ciertos espacios públicos en
Puerto Plata y en otras partes del país.
Al caos del tránsito vehicular, causado por la indolencia de todas las administraciones del
ayuntamiento municipal, incluyendo a la actual, se une otro elemento revelador del desorden urbano en
Puerto Plata: la ocupación de aceras por vehículos; el bloqueo total de esquinas por manadas de
motoconchos, y el asentamiento de chiriperos, vendedores ambulantes y negocios informales en
cualquier espacio de la ciudad sin ninguna supervisión por parte de las autoridades municipales.
Aquí cada quien hace lo que le da la gana. Es este individualismo descontrolado el que permitió
a un vendedor callejero, como lo ilustró con una foto en primera plana hace ya muchos años el
periódico El Nacional, poner su puesto de venta de chicharrones nada más y nada menos que frente al
altar de los padres de la patria en la ciudad de Santo Domingo. Y es esta misma ocupación arbitraria de
casi cualquier área de una ciudad en nuestro país la que fue denunciada por el periódico Hoy, en su
edición del 10 de marzo del presente año, al afirmar, en su página editorial, que ¨la ocupación de los
espacios públicos en las esquinas París con Duarte, José Martí y Juana Saltitopa comenzó con un par de
vendedores, una cuestión aparentemente irrelevante. Hoy por hoy ninguna autoridad quisiera pagar el
costo público que acarrearía la liberación y limpieza de esos espacios¨. El mismo editorial denuncia la
ocupación de la estación Mamá Tingó del Metro de Santo Domingo ¨convertida en una plaza comercial
en la que abunda más la basura que la mercadería¨.
La misma ocupación desautorizada de espacios públicos ocurre en Puerto Plata. Al observar las calles de
la ciudad, uno tiene la impresión de que el espacio para caminar libremente se reduce cada vez más en
una ciudad que, como la nuestra, se ha convertido en una jungla urbana donde cada quien hace lo que
le da la gana.

En esta ciudad, carente de las regulaciones urbanísticas que existen en toda ciudad civilizada, los
choferes se han convertido no sólo en amos y señores de las calles, sino también de las aceras, las cuales
ocupan impunemente sin ningún tipo de consecuencia.
Esta ocupación de los espacios públicos del país, como lo denuncia el editorial del periódico hoy, tiene
como su mejor cómplice a un ayuntamiento completamente inoperante y desconocedor de las reglas de
orden urbano que priman en las ciudades modernas. El cacareado ¨relanzamiento turístico de Puerto
Plata¨, que este redactor ha venido escuchando por años, debería empezar con un reordenamiento de
la infraestructura de la ciudad imponiendo reglas de orden en el tránsito vehicular y una política de cero
tolerancia para quien las viole.
La mejor manera de uno conocer su propio país es salirse de él. Entonces se adquiere la
perspectiva de la comparación. He vivido fuera de República Dominicana por treinta y cinco años, y he
internalizado ciertas reglas de conducta pública que nos falta adquirir a nosotros. Ese maravilloso
ordenamiento urbano de semáforos en perfecta sincronización; de tiempo y espacio suficientes para
que una persona cruce de una esquina a otra sin miedo a ser arrollada; de calles señalizadas; de
absoluta prohibición de estacionamiento de vehículos en ciertas áreas públicas; todo esto y todo lo que
constituye la ordenada planificación de la vida pública en una ciudad es totalmente desconocido en
Puerto Plata.
Toda una generación de jóvenes se ha formado en el desorden, lo celebra y se ha acostumbrado
tanto a él que se resiste a cualquier intento de cambio para convertir a Puerto Plata en una mejor
ciudad: un motoconcho lanza impunemente a la calle la semilla de un mango que se había comido
minutos antes; un joven, en compañía de otros, tira al suelo la botella plástica que contenía el refresco
que acaba de ingerir; en el Proyecto Montemar el caballo de un señor defeca libremente sobre la
calzada en la que camina; en la urbanización Los Cuetos, un conductor, haciendo despliegue de ese
desprecio por la ley que tanto nos caracteriza, se sube a una de las calzadas por no esperar a que otro
conductor, frente a él, moviera su vehículo, y en el espacio comprendido entre las calles Veinte de
Diciembre y Antera Mota el peatón tiene que caminar por el centro de la calle porque ambas aceras
están ocupadas casi totalmente por vehículos estacionados sobre ellas.
Puerto Plata, en conclusión, se ha convertido en una ciudad tomada: por hordas de motoristas
irreflexivos que se han convertido en la pesadilla de todo conductor; por dueños de vehículos que
cubren calzadas completas sin que nadie los toque; por trogloditas, más cerca del estado animal que del
humano, que se desplazan a cualquier hora del día o de la noche en sus vehículos tocando en
gigantescas bocinas una música ensordecedora, más propia para la tortura que para el deleite (recuerde
el lector que fue ésta la estrategia utilizada por los norteamericanos para desestabilizar mentalmente a
Manuel Noriega y obligarlo a que se entregara).
Hoy día el avance de una sociedad se mide no sólo por su producción económica, y por sus
adelantos en salud y en educación, sino también por otro factor indicador del grado de civilización de un
país: ese factor es la calidad de vida. Innecesario es decir que, en cuanto a calidad de vida, en Puerto
Plata y en la mayor parte del país, estamos todavía en un nivel primitivo.

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