
Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
La Constitución Dominicana, reformada en 2024, reafirma que toda autoridad pública
emana del pueblo y debe ejercer su función en beneficio del interés general, actuando
siempre con respeto a los derechos fundamentales. En este marco, los funcionarios
municipales, legislativos y del Poder Ejecutivo en Puerto Plata tienen una responsabilidad
ineludible: servir con humanidad, cercanía y empatía.
La Ley Orgánica de la Administración Pública (No. 247-12) establece que la
administración debe ser más transparente, participativa y orientada a la satisfacción de los
derechos ciudadanos. Si bien se han observado esfuerzos por parte de las autoridades
locales para mejorar la relación con la ciudadanía, todavía persisten desafíos importantes
para lograr una gestión pública más cercana y sensible a las necesidades reales de la gente.
Aquí es donde cobra importancia un elemento que no se legisla, pero que transforma
profundamente la relación entre el ciudadano y el Estado: el don de gente.
El don de gente, esa virtud de tratar al prójimo con respeto, empatía y calidez, no se
aprende únicamente en las aulas ni se instruye en manuales administrativos. Es una actitud
que humaniza la gestión pública, que convierte los despachos oficiales y los cabildos en
espacios accesibles y acogedores, en lugar de estructuras que, muchas veces, resultan
difíciles de alcanzar para el ciudadano común.
En Puerto Plata, donde los retos son múltiples desde mejorar los servicios básicos hasta
promover un desarrollo urbano sostenible, los síndicos, regidores, gobernadora, diputados y
demás funcionarios deben recordar que su principal compromiso no es con sus partidos ni
con sus intereses personales, sino con el pueblo que los eligió.
Una oficina municipal que recibe con una sonrisa y escucha atentamente, un representante
del Ejecutivo que camina junto a su gente en los momentos de dificultad: estas acciones
simples son las que restablecen la confianza en las instituciones públicas. No se trata de
gestos vacíos o simbólicos, sino de la materialización práctica del mandato constitucional
de estar "al servicio de la dignidad humana".
Entendemos que los servidores públicos locales enfrentan limitaciones presupuestarias y
presiones burocráticas. No obstante, aun en contextos de precariedad, el trato humano
puede ser el mayor diferenciador de una gestión exitosa. Capacitar en habilidades blandas,
reconocer públicamente las buenas prácticas de atención ciudadana y diseñar procesos más
humanos son pasos esenciales para consolidar una administración que respete la esencia
democrática.
Más aún, en esta era de digitalización y automatización creciente, el contacto humano sigue
siendo insustituible. Puerto Plata no puede ni debe resignarse a una gestión robotizada o
indiferente. Necesitamos autoridades municipales y estatales que, más allá de la eficiencia,
transmitan calidez, compromiso y vocación de servicio.
Medir el éxito de una gestión no solo debe basarse en estadísticas de obras construidas o
presupuestos ejecutados. También debe reflejar el nivel de confianza, dignidad y cercanía
que experimenta la ciudadanía en cada interacción con el Estado.
En definitiva, fortalecer el don de gente en la administración pública de Puerto Plata no es
un lujo, sino una necesidad impostergable. Es la vía para cumplir con la Constitución,
fortalecer la democracia y construir una provincia donde cada ciudadano sienta que, en
efecto, sus autoridades están genuinamente a su servicio.


