¡DEL EMPERAROR ADRIANO A DONALD TRUMP: PAZ A TRAVÉS DE LA FUERZA!
Adriano, considerado por Maquiavelo como uno de los cinco buenos emperadores de Roma,
y que gobernó el poderoso Imperio romano por veintiún años(117-138, d.C.), propugnó siempre
por la convivencia en paz con sus vecinos; priorizó en la política interna del imperio, aplicando
políticas que dinamizaban el crecimiento económico y el mejoramiento social de sus súbditos;
pero, sobre todo, empeñado siempre en fortalecer su poderosa y especializada estructura militar.
Mantuvo la firme convicción en sus veintiún años de mandato, que la paz y estabilidad no llegan
por su propia voluntad, sino que se obtienen bajo el criterio de la fortaleza y el poder: el Muro
de Adriano, por ejemplo, que se construyó para delimitar y proteger las fronteras del imperio, y
que según la UNESCO, corría desde la costa atlántica del norte de Gran Bretaña, a través
de Europa hasta el Mar Negro, y desde allí hasta el Mar Rojo, y por el norte de África
hasta la costa atlántica, era un símbolo, no sólo de fortaleza y poder, sino de seguridad,
que intimidaba y amenazaba a cualquiera que osara “meterse” con el imperio: paz a
través de la fuerza.
Si nos remontamos al surgimiento del Estado norteamericano (4 de julio de 1776),
vemos que el perfil de éste se forja bajo el concepto del Emperador romano; y ello se
advierte con la postura de su primer presidente, George Whashington, cuando en su
quinto mensaje anual al Congreso, dando un discurso al Estado de la Unión de 1793, con
palabras de “pie de plomo”, dijo: “si deseamos evitar el insulto, debemos ser capaces de
repelerlo; si queremos asegurar la paz- uno de los instrumentos más poderosos de nuestra
prosperidad creciente-, hay que saber que estamos en todo momento listos para la guerra”
Y mucho más reciente aún, en la década de 1980, el presidente Ronald Reagan, para la
aplicación de su política exterior, no sólo le echa mano a este concepto del Emperador Adriano,
sino también, al concepto de origen alemán que actualmente norma la lucha de poder entre los
sujetos de derecho internacional: la Realpolitik; y bajo este criterio y comportamiento,
finalmente amortajar a la poderosa Unión Soviética y, por vía de consecuencia, ponerle fin al
sinuoso proceso de Guerra Fría, que a lo largo de cuarenta y cinco años dividió el mundo en dos
ejes: capitalismo y comunismo.
Reagan, impregnado por el pragmatismo del excanciller alemán, Otto von Bismarck, y por el
realismo del padre de las relaciones internacionales, Hans Morgenthau, los que combinados
forman la figura patentizada por el periodista e historiador alemán, Ludwig von Rochau-la
Realpolitik-, es, sin duda, el gran aleccionador del líder empresarial y antilíder político, que en
2017, en contra de todo pronóstico y lógica política llegó a gobernar el principal referente del
poder actual del globo: Donald J. Trump.
En su primer mandato, Trump mantuvo una actitud aislacionista, pero desplegando
esfuerzos y priorizando en la política interna del Estado norteamericano: encaminó una
política económica en recortar impuestos a individuos y empresas, desregulaciones a
los sectores energéticos y financieros, restricciones migratorias y medidas
proteccionistas; etc. Y en cuanto a la política exterior, éste la manejó, más que en la
acción, en la intimidación y la amenaza y, sobre todo, asumiendo acciones unilaterales,
importándole poco lo que pensaran sus aliados tradicionales, como los de la Unión
Europea.
En este su segundo y último mandato, Trump sólo encontrará algunas variantes de la
geopolítica mundial, en relación a cómo se planteaba el mundo geopolíticamente
hablando al momento de terminar su primer gobierno: el BRICS, por ejemplo, ha
tomado cierta fortaleza con la inclusión de nuevos países, entre los que figura Irán, el
que junto a China, Rusia y Corea del Norte, forman un cuarteto de una virulencia
consumada en contra de Estados Unidos. El conflicto Rusia-Ucrania, el cual ha
impactado negativamente buena parte de la economía occidental. El conflicto de Medio
Oriente: Israel, Palestina, Libia, Irán, que no estaba tan atizado. Una China más
expandida y fortalecida económicamente; una América Latina, que al igual que antes le
plantea los mismos vaivenes: problema migratorio de México y Maduro en Venezuela.
Estas variantes geopolíticas que enfrentará Trump en su nueva gestión, sin duda que
las vadeará sin mayores tormentos, porque nada nuevo de importancia ha sucedido
que provoque inflexión en el tablero internacional: con China, por ejemplo, seguirá
encaminando su guerra comercial, tratando de limitarle su expansionismo con fuertes
medidas arancelarias; al respecto de Rusia, seguirá dándole la misma medicina a
Putin: que no obstante el congenio entre ellos dos, él marca la pauta; con Corea del
Norte, nada diferente a su primer mandato: los ensayos de misiles de Kim Jong-Un se
redujeron al mínimo, después de él advertirle al “pequeño hombre cohete” de que quien
iba a terminar convertido en cenizas en medio de un mar de fuego no era Washington,
sino Pyongyang; con Irán, más sencillo aún: “metiendo” todo el brazo-como siempre lo
ha hecho Estados Unidos-, a favor de Israel, lo que siempre se ha constituido en
intimidatorio y disuasorio para los países que han pretendido cruzar fuego con este
pequeño gigante de Oriente Medio. .


