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La Virgen de las Mercedes

23 de septiembre de 2026 9:03 am Leído
Imagen predeterminada

Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Ayer, 24 de septiembre, la República Dominicana volvió su mirada hacia Nuestra Señora
de las Mercedes, una advocación mariana profundamente arraigada en nuestra historia y en
la fe de generaciones de dominicanos. Para quienes profesamos la fe católica, su
celebración es una oportunidad para acercarnos a María, agradecer su protección y renovar
la esperanza.
La Virgen de las Mercedes está vinculada desde sus orígenes con la redención de los
cautivos. Su imagen incorpora uno de sus símbolos más elocuentes, las cadenas rotas, y
su patronazgo está relacionado con las personas privadas de libertad y las instituciones
penitenciarias. La tradición sitúa el origen de esta advocación en 1218, cuando surgió la
misión de acudir en auxilio de quienes se encontraban cautivos.
Con el paso de los siglos, esta devoción llegó a América y echó profundas raíces en nuestra
tierra. El Santo Cerro se convirtió en uno de los lugares más significativos de esta devoción
en la República Dominicana.
Soy devota de la Virgen de la Altagracia, a quien profeso una profunda fe y cariño. Pero
también siento una especial cercanía espiritual con la Virgen de las Mercedes. Me
conmueve su imagen de madre protectora y misericordiosa, especialmente ese símbolo de
las cadenas rotas, que expresa la esperanza de quien anhela recuperar su libertad.
Y precisamente después de celebrar su día, vale la pena detenernos en ese símbolo.
Porque hay cadenas que no se ven.
Algunas nacen del resentimiento, de la envidia, del miedo o de la necesidad de aprobación.
Otras se construyen lentamente cuando permitimos que una ofensa antigua, una
comparación constante o la opinión de los demás determine nuestra manera de vivir.
Hay, además, una cadena particularmente difícil de reconocer, la victimización. Existen
injusticias reales y personas que han sufrido daños que nunca provocaron. Pero reconocer el
dolor no significa renunciar para siempre a nuestra capacidad de actuar.
Por eso conviene hacernos una pregunta incómoda: ¿qué parte de mi situación también
depende de mí?
Asumir responsabilidad no significa desconocer las circunstancias que escapan a nuestra
voluntad. Significa distinguir entre aquello que no podemos cambiar y aquello sobre lo que
todavía tenemos capacidad de decisión.
Esa responsabilidad también alcanza nuestra conducta en las redes sociales. Hoy una
fotografía, un audio, un video o una acusación pueden llegar a miles de personas antes de

que alguien compruebe su autenticidad. Compartir sin verificar puede convertirnos, sin
proponérnoslo, en parte de una cadena de desinformación.
Y detrás de cada publicación puede existir una persona cuya imagen, intimidad, honra o
dignidad está siendo expuesta.
No todo lo que podemos publicar debemos publicarlo.
Otra forma de cautiverio aparece cuando dejamos de pensar por nosotros mismos.
Repetimos opiniones porque las escuchamos muchas veces, asumimos acusaciones sin
conocer los hechos y rechazamos cualquier información que contradiga lo que ya creemos.
Pensar críticamente exige detenernos, preguntar y comprobar. También requiere humildad
para reconocer que podemos equivocarnos y valentía para cambiar cuando la verdad nos
obliga a hacerlo.
Las cadenas rotas que acompañan a la Virgen de las Mercedes adquieren, así, una fuerza
que trasciende la celebración religiosa. Para quienes creemos, son un signo de fe,
misericordia y esperanza. Para quienes no comparten esta fe, pueden representar
igualmente una reflexión sobre aquello que impide a una persona vivir con dignidad y
plenitud.
La celebración de ayer nos deja una invitación sencilla, pero profunda: mirar hacia dentro.
¿Qué necesitamos soltar?
Tal vez un resentimiento. Tal vez el miedo a no ser aprobados. Tal vez la costumbre de
compararnos. Tal vez una vieja herida o la facilidad de responsabilizar siempre a los demás.
La Virgen de las Mercedes nos recuerda que las cadenas no siempre están en las manos.
Algunas están en la mente, en el corazón o en la manera en que elegimos interpretar nuestra
propia historia. Romperlas requiere verdad, responsabilidad y la voluntad de no permanecer
cautivos de aquello que sí podemos cambiar.
Que Nuestra Señora de las Mercedes continúe acompañando a quienes sufren y,
especialmente, a quienes se encuentran privados de libertad. Que su imagen de cadenas
rotas nos recuerde que toda persona merece esperanza y que ninguna circunstancia tiene
que convertirse para siempre en una prisión interior.
Quizás ese sea el mensaje que permanece después de su celebración: algunas cadenas
necesitan una llave, otras necesitan verdad, y muchas comienzan a romperse cuando
tenemos la humildad de reconocerlas y el valor de dar el primer paso hacia una vida
más libre.

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