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Cuántos más? Puerto Plata no necesita otro artículo, necesita desperta

4 de junio de 2026 9:24 am Leído
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Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Otra vez una vida perdida en el Malecón de Puerto Plata. Otra vez una familia sumida en el
dolor. Otra vez una noticia que conmociona por unas horas y que corre el riesgo de ser
reemplazada por la próxima tragedia.
La reciente muerte de la profesora de inglés Elianna Ulloa Muñoz no es un hecho aislado.
Es parte de una realidad que los puertoplateños conocemos demasiado bien y que,
lamentablemente, ha acompañado a varias generaciones.
Nací y crecí en Puerto Plata. Desde niña escuché historias de accidentes que terminaron en
funerales inesperados. Vi familias llorar a jóvenes, adultos y envejecientes. Escuché sirenas
en la madrugada y conversaciones cargadas de tristeza. Con el paso de los años, la ciudad
cambió, crecieron los proyectos turísticos, llegaron más visitantes y se modernizaron
algunos espacios, pero las tragedias en el malecon continuaron formando parte de nuestra
cotidianidad.
Desde la muerte de mi padre, José Alejandro Lagombra (Cheo), atropellado en el
Malecón, he escrito sobre esta realidad movida por el dolor, pero también por la convicción
de que guardar silencio no es una opción.
En El Precio del Olvido, La Impunidad en los Accidentes de Tránsito en República
Dominicana, denuncié la impotencia de las familias que, además de enfrentar una pérdida
irreparable, deben convivir con procesos que muchas veces no ofrecen respuestas ni
generan confianza.
En El caos del tráfico en Puerto Plata, una amenaza para el turismo y la seguridad
ciudadana, advertí que el desorden vial no solo afecta la movilidad, sino que representa
una amenaza para la vida y para la imagen de una provincia que apuesta al turismo como
motor de desarrollo.
Posteriormente, en Puerto Plata, entre el mar y la sangre, expresé la contradicción de vivir
en una de las ciudades más hermosas del país mientras seguimos perdiendo vidas en
nuestras calles y avenidas.
Hoy vuelvo a escribir sobre el mismo tema. No por falta de inspiración, sino porque la
realidad insiste en obligarnos a hacerlo.
Las señales de tránsito existen. Los límites de velocidad están establecidos. Las normas son
conocidas por todos. Sin embargo, continúan siendo ignoradas por quienes convierten la
imprudencia en una costumbre. El exceso de velocidad, los rebase temerarios, la distracción
al volante y la falta de respeto por los peatones siguen cobrando vidas.

Pero esta no es únicamente una responsabilidad de quienes conducen. También es un
desafío que exige una respuesta firme de las autoridades. Puerto Plata necesita una política
sostenida de seguridad vial, presencia efectiva en los puntos críticos, educación ciudadana
permanente y medidas que prioricen la protección de la vida por encima de cualquier
otra consideración.
Lo ocurrido con la profesora Elianna Ulloa Muñoz debe llevarnos a una reflexión
profunda. No podemos permitir que cada muerte genere indignación momentánea para
luego caer nuevamente en la indiferencia. La costumbre de convivir con estas tragedias es
quizás uno de los mayores peligros que enfrentamos como sociedad.
Detrás de cada víctima hay sueños interrumpidos, proyectos inconclusos y familias que
jamás vuelven a ser las mismas. Ninguna estadística puede reflejar el vacío que deja una
persona cuando desaparece de manera repentina.
Puerto Plata merece que el Malecón sea recordado por la belleza de su paisaje y no por la
frecuencia de sus tragedias. Merece calles donde caminar no represente un riesgo
permanente y donde regresar a casa no dependa de un acto de suerte.
No escribo estas líneas movida únicamente por el dolor de una hija que perdió a su padre.
Las escribo como ciudadana que se resiste a aceptar que la muerte en nuestras vías
sea algo normal.
Porque cuando una sociedad se acostumbra a contar víctimas, corre el riesgo de olvidar que
cada una de ellas tenía un nombre, una historia y una vida que merecía continuar. Y porque
el verdadero cambio comenzará el día en que entendamos que respetar las normas de
tránsito no es una obligación legal, sino un compromiso con la vida de todo.

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