La pantalla que seduce y destruye
Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
Puerto Plata siempre ha sido una tierra de alegría. Una provincia donde el mar, la música y
la hospitalidad forman parte de la identidad de su gente. Sin embargo, detrás de los videos
virales, las fotos perfectas y las historias de lujo que consumen muchos jóvenes en las redes
sociales, se está desarrollando una realidad silenciosa y peligrosa que merece ser observada
con seriedad.
Hoy, numerosos adolescentes viven atrapados entre el ocio, la presión social y la falta de
oportunidades reales. Y en ese vacío emocional y económico, el crimen organizado ha
encontrado un terreno fértil para captar, manipular y destruir vidas.
Las redes sociales dejaron de ser únicamente espacios de entretenimiento. Ahora también
son herramientas utilizadas por estructuras criminales para observar, seleccionar y acercarse
a posibles víctimas. La trata de personas, el microtráfico y otras actividades ilícitas ya no
comienzan necesariamente en una esquina oscura. Muchas veces inician con un mensaje
privado, una falsa oferta de trabajo, una invitación a una fiesta exclusiva o una promesa de
dinero fácil.
El crimen organizado entendió algo antes que muchos adultos. La juventud busca
aceptación, atención y oportunidades. Y cuando la sociedad no las ofrece, otros aparecen
vendiendo fantasías peligrosas.
Muchos jóvenes pasan horas consumiendo contenido que glorifica el dinero rápido, la vida
fácil y el lujo sin esfuerzo. Ven vehículos costosos, viajes, prendas de marca y fiestas, pero
pocas veces observan el sacrificio verdadero detrás del éxito legítimo. Peor aún, algunos
terminan admirando figuras ligadas a actividades criminales porque aparentan poder y
reconocimiento social.
Ahí nace uno de los mayores peligros de esta generación. La normalización del delito
disfrazado de éxito.
La trata de personas también cambió su forma de operar. Antes, muchos imaginaban redes
clandestinas actuando solamente en grandes ciudades o aeropuertos. Hoy la captación
puede ocurrir desde un teléfono móvil en cualquier habitación de Puerto Plata. Jóvenes,
especialmente mujeres y menores de edad, son manipuladas mediante falsas relaciones
sentimentales, promesas laborales o supuestas oportunidades de modelaje y turismo.
El lenguaje criminal se modernizó. Ya no siempre llega con amenazas. A veces llega con
halagos, atención y promesas de una vida mejor.
Mientras tanto, muchas familias permanecen distraídas. Algunos padres creen que porque
sus hijos están dentro de casa están seguros. Pero la realidad demuestra que una pantalla sin
supervisión también puede convertirse en una puerta abierta al peligro.
No se trata de satanizar la tecnología. Las redes sociales también educan, conectan y
generan oportunidades positivas. El problema aparece cuando una juventud sin orientación
emocional ni proyectos de vida queda expuesta a personas que manipulan sus debilidades.
Puerto Plata y el país necesitan mirar este tema más allá de los operativos y las estadísticas.
La prevención comienza en los hogares, en las escuelas, en las iglesias y en cada espacio
donde un joven pueda sentirse escuchado y valorado.
Hace falta hablar más con nuestros hijos y escucharlos de verdad. Hace falta enseñarles que
el éxito real toma tiempo. Que no todo lo que brilla en las redes sociales es riqueza limpia.
Que muchas veces detrás de una fotografía lujosa existe explotación, violencia, drogas o
destrucción humana.
También es necesario crear más oportunidades reales para la juventud. Capacitación
técnica, deporte, arte, cultura y empleo digno. Porque un joven ocupado construyendo su
futuro tiene menos tiempo para ser seducido por caminos oscuros.
La sociedad no puede seguir actuando como si este problema fuera ajeno. Cada joven
perdido en las drogas, en la violencia o en redes de explotación representa una derrota
colectiva.
La República Dominicana merece crecer, pero crecer con conciencia. No basta levantar
edificios y atraer turistas si al mismo tiempo estamos perdiendo silenciosamente a una
generación completa frente a una pantalla.
El verdadero desarrollo de una sociedad no se mide únicamente por la cantidad de
inversiones que recibe, sino por la capacidad que tiene de proteger a sus jóvenes. Porque
cuando una sociedad abandona a su juventud, el crimen siempre aparece dispuesto a
adoptarla.


