A Cheo Lagombra: in memoriam
Felipe Kemp
Recibí la desagradable noticia de boca de mi vecino don Roque de León mientras daba
mi acostumbrada caminata matutina por una calle cercana a mi residencia, ubicada en la
urbanización Los Cuetos: Cheo Lagombra, defensor incansable de los derechos del sindicato de
profesores y maestro de generaciones de jóvenes, incluyendo al joven que una vez fue este
redactor, murió trágicamente, arrollado por un vehículo que se desplazaba a altísima velocidad,
mientras cruzaba de una acera a otra en el malecón.
Inmediatamente sentí en todo mi cuerpo ese sabor amargo que deja la pérdida de un
ser altamente apreciado cuando violentamente, como arrancado por el golpe mortal que asesta
una bestia salvaje, desaparece para siempre de nuestras vidas. Vino a mi mente el verso inicial
de un poema de Cesar Vallejo que dice: “Hay golpes en la vida tan fuertes… yo no sé!
Prontamente empezaron a pasar por mi mente, como las imágenes de una película,
recuerdos de este miembro de la comunidad de Puerto Plata engullido violentamente por la
vorágine vehicular que ha convertido esta ciudad en lo que verdaderamente es: una selva
citadina en la que, como he dicho antes, cruzar de una esquina a otra puede convertirse en una
aventura mortal como lo ilustra la muerte violenta de quien fuera un miembro tan querido en
la comunidad puertoplateña.
Lo recuerdo, mientras fue mi maestro en el Liceo José Dubeau, como un hombre de
rostro adusto, aparentemente hosco y poco simpático. En realidad, tenía un alto sentido del
humor, que se manifestaba cuando, al soltar yo un chiste, su rostro cambiaba rápidamente
mostrando una amplia sonrisa que revelaba que su aparente hosquedad era una máscara para
que nosotros, adolescentes en la edad del pavo, no nos saliéramos de línea y pusiéramos más
atención a la clase.
Al graduarme partí a Estados Unidos. No lo vería por muchos años. Un día, mientras
pasaba un verano aquí, lo vi en un café cercano a la catedral en el Parque Central. Estaba
sentado en un taburete con el codo de su brazo derecho sobre el mostrador, fumando un
cigarrillo y sorbiendo una taza de café. Intercambiamos saludos y me despedí.
Regresé a radicarme en el país y tuve noticias ocasionales de él a través de mi amigo de
infancia Santiaguito Castro quien me dijo que a veces se reunían en el malecón. Otro día,
mientras me encontraba en el supermercado José Luis, lo vi entre la marejada de clientes que
abarrotaban el lugar. Lo saludé y le pregunté si me reconocía. Me dijo que no. Era natural. El
tiempo nos había cambiado físicamente a los dos. Por unos segundos escrutó mi rostro
luchando con su memoria para ubicarme en el tiempo y el espacio. Entonces le mencioné a mi
hermana, Neyda Lantigua de Cruz, colega suya y también maestra de generaciones de jóvenes
puertoplateños. Fue en ese momento cuando se le iluminó el rostro y al reconocerme me dio
un efusivo abrazo, de esos abrazos que dejan la agradable sensación de bienestar que uno
siente al encontrarse con un amigo querido al que no ha visto por mucho tiempo. Desde aquel
día no nos volveríamos a encontrar.
Lo seguí ocasionalmente en las páginas del periódico El Faro. Era un brillante articulista
cuyos comentarios engalanaron las páginas de este periódico. Escribía mayormente sobre la
que fue una de sus mayores preocupaciones: el mejoramiento de la calidad de la educación
dominicana, un tema que debería ser, como lo fue para él, una prioridad de la agenda nacional.
Pero no solo escribió sobre educación, sino que, como buen observador de la escena local de su
provincia, también redactó buenos análisis sobre algunos de los principales problemas que
todavía existen en nuestra ciudad.
Nunca tuve la oportunidad de decirle lo agradecido que siempre he estado de su padre,
quien, en más de una ocasión, y sin poder yo pagarle, me recortó el pelo cuando yo era todavía
un adolescente imberbe en la barbería que tuvo en la calle doce de Julio. Su generosidad es
otro de los recuerdos imborrables que hasta hoy guarda mi memoria.
La partida de Cheo ha dejado en mí, como supongo habrá dejado en los que lo
conocieron y lo estimaron por su alta calidad humana, esa profunda tristeza que deja la muerte
trágica de un ser querido. Porque esto es lo que, en este caso, duele en lo más hondo: la
irracionalidad de una muerte que pudo haberse evitado si viviéramos en una ciudad en la que
se protegiera a nosotros, los locales, con la misma formalidad y ceremoniosidad con las que se
protegen a los turistas extranjeros. Como me dijo un policía que me confundió con un turista:
“hay que proteger a los turistas porque dejan divisas”. Cheo no tuvo esa suerte. No dejó
divisas, pero dejó un legado que perdurará por mucho tiempo en la memoria local de nuestra
ciudad.
Por razones de espacio tengo que cerrar esta columna. Me despido de este querido
amigo y maestro insigne deseándole paz a sus restos.



