Confesiones de un cafeinómano
Felipe Kemp

Nos despertábamos siempre de madrugada. Poco a poco, yo iba saliendo del
maravilloso mundo nocturno en el cual creaba con facilidad extraordinarios relatos fantásticos
para volver gradualmente al mundo de la vigilia. Durante unos cuantos segundos, flotaba en la
agradable zona intermedia del mundo onírico y el de la vigilia en el cual terminaban de
anclarme los sonidos de la cotidianidad: el de la escoba del barrendero que limpiaba las cunetas
del barrio, el de la potente voz del algún vendedor callejero que anunciaba sus mercancías en el
aire limpio de la mañana, el del vigoroso canto de un gallo anunciando un nuevo día. Las
mañanas eran tan plácidas y tranquilas que al despertar todos los días, yo tenía la impresión de
que el mundo acababa de ser creado. Entonces de la casa de algún vecino, emanaba el aroma
del café, que traía hasta mi olfato la brisa fresca de la mañana. Era entonces cuando yo
acababa de despertar.
Hoy, a muchos años de haberlo descubierto, sigue cautivándome el aroma del café, y
sería difícil concebir mi vida sin sentir la delectación de esta sustancia en mi paladar.
Henry James comienza su novela Portrait of a lady con la siguiente afirmación: “Bajo
ciertas circunstancias, hay pocas horas en la vida más agradables que la hora dedicada a la
ceremonia conocida como el té de la tarde.” La palabra clave para mí en esta oración es
“ceremonia.” Porque es en eso, precisamente, en la que yo he convertido el consumo del café:
no en un acto social comunitario, sino en una ceremonia secreta, en una especie de liturgia en
la cual he buscado, y continúo buscando un escape al tedio cotidiano que me produce la
uniformidad de la vida en esta ciudad.
Lo primero es la selección meticulosa de los instrumentos para la ejecución de ese
pequeño ritual: primero, destapo el tarro del café y me lo llevo a la nariz para absorber su
penetrante olor crudo. Luego, lavo la greca y procedo a secarla completamente para
asegurarme de que no quede en ella una sola gota de agua. Tomo entonces una cuchara y con
una precisión casi matemática, pongo la cantidad exacta para hacer el café lo suficientemente
denso, ya que un buen café debe tener peso y carácter. Procedo entonces a colocar la greca en
el fuego, y cuando el polvo del café empieza a pasar al estado líquido, me deleito, por varios
segundos, escuchando su gorgoteo en el interior de la greca, y aspirando el potente aroma
esparciéndose por toda el área como un poderoso narcótico. El próximo paso es la selección de
la taza, la cual limpio y seco completamente como si limpiara de impurezas un cáliz sagrado.
Prefiero las tazas blancas porque en ellas se destaca el intenso color negro del café. Con mi
mano derecha, a la distancia precisa, levanto la greca, de la que ahora brota el café, cuyo
torrente cae como negra cascada en el interior de la taza, la cual recibe el líquido en cuya
superficie se forman pequeñas burbujas que se detienen al alcanzar los bordes blanquísimos de
la taza. En ocasiones enciendo una vela de incienso y me siento entonces a saborear el café.
Tan pronto sorbo el primer trago, la cafeína, como un poderoso narcótico, penetra de
inmediato en mi torrente sanguíneo y en pocos segundos voy cayendo en una especie de
agradable letargo, de dulce sensación de pereza y de completo abandono que, me imagino, ha
de ser similar a la que experimentan el opiómano o el adicto a ciertas drogas alucinógenas.
Durante un rato permanezco sumido en ese estado al que me somete la cafeína que corre por
mis venas y que me lleva a un estado de contemplación que me dura unos pocos minutos. En
algunas ocasiones he sentido un ligero escape de mi cuerpo acompañado de una agudización
de mis sentidos bajo la cual todo se me hace más intenso: los olores frescos de la mañana, la
placidez de la tarde, el moribundo sol del crepúsculo o el inmaculado color blanco de las nubes
que a veces flotan en el diáfano cielo de primavera como grandes islas de nieve.
La cafeína está clasificada hoy como una droga. Una droga inocua, tal vez, pero una
sustancia que produce adicción. Mi afición a ella y a ese agradable estado de elevación que me
ha producido a veces, me han hecho comprender por qué en ciertas prácticas como el
chamanismo, los devotos ingieren ciertas pócimas que los llevan a estados mentales que no se
alcanzan en la realidad ordinaria y que les producen una intensificación de la percepción que se
escapa a la realidad ordinaria.
De acuerdo a algunos historiadores, las primeras cafeterías aparecieron en la península
arábiga y se conocieron como QAHVEH KHANEH. Eran lugares donde la gente iba a escuchar
música, o a discutir ciertos temas políticos. En Inglaterra las cafeterías recibieron el nombre de
penny universities, o, en buen castellano, algo así como universidades de un centavo, ya que
por esta insignificante suma, cualquier ciudadano podía comprar una taza de café y enfrascarse
en una intensa conversación con industriales notorios o con conocidos intelectuales que
fraternizaban con cualquier cristiano que por un centavo podía asistir a estos lugares.
Universidades de un centavo. ¡Qué maravillosa idea! Estimular el cerebro con café y
dedicarse a una agradable conversación. Pero eso no se dará nunca aquí, en esta tierra tan
bullanguera y ruidosa donde preferimos el colmadón estridente al que se va no a conversar,
sino a hablar por encima del volumen de una bocina.
La ciencia médica no ha dado todavía el veredicto final sobre los efectos del café.
Mientras el jurado delibera, yo sigo consumiéndolo.


