¿Quién está educando a tus hijos, tú o la Inteligencia Artificial?
Por Hilda Patricia Lagombra Polanco
En una sala de espera de Puerto Plata, dos madres conversaban mientras sus hijos jugaban
con tabletas.
—Mi hijo le pidió a una aplicación que le hiciera una carta para el Día de las Madres, y me
la leyó llorando, dijo una de ellas.
—¿Y qué hiciste? preguntó la otra.
—Me emocioné, pero también me asusté. Sentí que ya no me necesitaba para pensar.
Esa escena, simple y cotidiana, revela un fenómeno que se ha instalado con fuerza en la
vida de nuestras familias, los niños dominicanos ya interactúan con inteligencia artificial
sin la presencia ni la orientación de los adultos que deberían guiarlos.
En la actualidad, los hijos no solo preguntan a sus padres, también consultan a asistentes
virtuales, motores de búsqueda y aplicaciones que responden al instante. Poco a poco,
muchos niños han cambiado el "mamá, ¿cómo se hace esto?" por "Hey Siri" o "ChatGPT,
dime…". De esta manera, la tecnología ha comenzado a ocupar espacios que
tradicionalmente pertenecían al diálogo familiar, a la educación afectiva y a la formación de
criterios.
No se trata de demonizar la inteligencia artificial. Esta herramienta representa una
oportunidad para facilitar el aprendizaje, personalizar contenidos y apoyar procesos de
inclusión. Sin embargo, cuando se utiliza sin supervisión, sin criterio y sin límites, se
convierte en un sustituto silencioso del vínculo entre padres e hijos.
En muchos hogares dominicanos, se observa con frecuencia que los dispositivos digitales
funcionan como recompensa, distracción o escape. No obstante, pocas veces se acompaña a
los niños en el uso de esas tecnologías. Es decir, mientras los algoritmos ofrecen respuestas,
seleccionan contenidos y moldean hábitos, los adultos permanecen al margen, creyendo
erróneamente que los hijos se están educando solos.
Frente a esta realidad, cabe preguntarse: ¿qué estamos haciendo como padres y madres para
acompañar este proceso? ¿Sabemos con qué tipo de contenidos están interactuando
nuestros hijos? ¿Hemos establecido límites claros en el uso de la tecnología? ¿O, por el
contrario, la hemos dejado actuar como una especie de niñera digital, sin alma ni
principios?
La responsabilidad comienza en casa. Si bien el Estado tiene el deber de establecer políticas
educativas y regulaciones digitales, el primer muro de contención frente a los riesgos de la
inteligencia artificial es el hogar. Es allí donde se enseña a discernir, a cuestionar, a
comprender lo que la tecnología ofrece y lo que no puede reemplazar.
Por tanto, es urgente que los padres recuperen su papel activo en la crianza. Los hijos no
necesitan adultos perfectos, pero sí presentes. Necesitan conversaciones reales, ejemplos
vivos y límites afectivos. La inteligencia artificial puede responder con rapidez, pero nunca
podrá abrazar, corregir con ternura o enseñar con el ejemplo. Esos gestos, profundamente
humanos, solo pueden venir de quienes están llamados a educar con el corazón y con
criterio.
Si los padres no educan, educará la inteligencia artificial.
Si los padres no escuchan, escuchará la pantalla.
Y si los padres no están presentes, alguien o algo ocupará su lugar.
Es momento de despertar. El futuro tecnológico ya llegó, pero nuestros hijos todavía
necesitan padres que estén aquí, ahora.


