Nuestro fiero individualismo
Felipe Kemp
Mientras dictaba una de mis clases en la Universidad Dominicana O y M, una de mis
estudiantes recibió una llamada en su teléfono celular. Acto seguido, se apresuró a contestarla.
Inmediatamente le recordé, como les había advertido previamente a todos los estudiantes de la
clase, que si alguno de ellos necesitaba recibir o hacer una llamada, debía salir del aula.
Visiblemente molesta por la admonición, la estudiante me contestó: “¡Es de mi casa!” De nuevo
insistí que debía contestar su llamada fuera del salón. Entonces salió.
¿Dónde terminaba el derecho de la estudiante a contestar su llamada y dónde
empezaba el mío a dictar mi clase sin interrupciones molestas? La estudiante nunca hizo esa
distinción, aun cuando yo había establecido las reglas de conducta que ella debía observar.
En todo sistema la parte refleja el todo, y el pequeño incidente ocurrido en mi clase
refleja el anarquismo que prevalece en buena parte del país.
Debido a una tradición autoritaria en nuestra historia y a un estado cada vez más débil y
permisivo, los dominicanos hemos sido educados, en nuestra conducta ciudadana, para la mala
educación. Lo vemos a diario tan pronto salimos a la calle y observamos la conducta anárquica
e irrespetuosa de la mayoría de los ciudadanos en esta y en otras ciudades del país. Mucha
gente en nuestro país sabe que vive en una sociedad donde existen pocas restricciones que
frenen la conducta antisocial.
En Estados Unidos, los dueños de perros tienen que llevar a sus mascotas atadas a una
cadena y deben recoger la materia fecal cuando el animal defeca en las calles. Aquí la gente
saca a sus perros en las mañanas para que defequen frente a la casa de algún vecino.
En Estados Unidos, en Colombia y en muchos otros países existe una política de cero
tolerancia para los conductores que consuman alcohol mientras conducen. Aquí los
conductores ingieren alcohol libremente sin temor a sufrir las severas consecuencias que
implica una conducta tan temeraria.
En la mayoría de las capitales europeas y en los países asiáticos existe una clara
delimitación entre espacios peatonales y espacios para vehículos. Aquí, frente a la indiferencia
de las autoridades locales, cualquier conductor estaciona su vehículo sobre una acera
bloqueándole el paso a los peatones.
He hablado con varios extranjeros residentes aquí que me han confesado que les
encanta nuestro país. Según ellos disfrutamos de un alto grado de libertad.
En realidad, lo que quieren significar es que aquí pueden incurrir en todos los desmanes
que no les son permitidos en sus países de origen.
Aquí han aprendido que pueden blandir libremente una cerveza en la mano mientras
con la otra conducen el automóvil o el motor.
Han aprendido que llevarse la luz roja del semáforo, como abiertamente lo hacen todos
los días muchos conductores, no tiene mayores consecuencias.
Han aprendido que la mano de la justicia se ceba solamente en los desposeídos y que
apenas llega a los que tienen mucho poder y dinero.
Somos la antípoda de las naciones en las que existe un balance equitativo entre
derechos individuales y derechos del estado. Aquí, cada vez más, el individuo que acumula
mucho poder se le impone al estado.
Bandas de antisociales no solamente actúan al margen del estado sino que, en
ocasiones, lo han desafiado abiertamente como fue el caso de un grupo de delincuentes que se
retrató en las redes sociales exhibiendo sus armas.
Cada vez más la mala educación ciudadana se ha ido traduciendo en conductas que
desafían el poder regulador de las instituciones cuya misión es hacer que quien viole la ley
pague las consecuencias.
Ninguna sociedad puede sobrevivir sin la existencia de códigos de conducta que
aseguren un estado de derecho.
Pero hace tiempo que dejamos de ser un estado de derecho.


