la pulga peligra su existencia

0
1043
ads
- Advertisement -spot_img

La compra de ropa usada, comúnmente llamada “pacas” por la forma en que son empacadas para  transporte e importación al país, es una de las formas de consumo ecoamigable más practicadas en República Dominicana, especialmente por lo asequible que han sido por años.

Parte de sus consumidores coinciden en que estas permiten utilizar complementos únicos y que, además, se pueden conseguir a buen precio.

“Prefiero venir y comprar aquí ropa de calidad a menor precio que ir a una tienda a buscar trapos carísimos”, contestó una señora, quien pidió reserva de su nombre por vergüenza, mientras se medía unos brasieres de una reconocida marca norteamericana bajo una lona azul en una calle de San Cristóbal.

La posible razón de encontrar piezas en buen estado y de marcas reconocidas por la durabilidad de sus confecciones es porque la mayoría son prendas que cuando ya salen de temporada, son sacadas de las tiendas para dar la bienvenida a nuevas colecciones.

“No es como se ha dicho que las botan para acá, realmente se distribuyen a fundaciones que venden ropa de segunda mano e incluso de diseñador, con calidad y a bajo costo”, argumenta la diseñadora Carolina Almonte. No obstante, aun si fueran “basura”, hay quienes la toman y ven en ellas oportunidades de que otros las aprovechen o hagan algo nuevo.

Juan Guerrero es uno de esos. Este hombre vende esta clase de vestimenta en el mercado de San Cristóbal para mantener a su familia. Junto a él, decenas se acomodan para vender desde trajes elegantes hasta ropa interior y trajes de baño bajo largas lonas.  Sus pacas, a las que llama “trapitos viejos”, son los sobrantes de otros grandes vendedores que desecharon esas piezas por tener poca demanda y se la venden en sacos. Por ello, cree que si se prohibiera la venta de forma tajante y estricta, el país se atrasaría, pues unos dependen de los otros: “Si uno no vende, no come; la cosa no está muy buena”.

 

Muchos viven de esto

“Vamos a pasar hambre porque nos mantenemos mucha gente de esto, hasta el gobierno vive de esto”, expresó antes de ejemplificar uno de los modelos desarrollados por diversos comerciantes: “Son prenditas que no se ven muy bien, pero esto se lava y después de que las lavas, se ve bien y se acoteja”.

Mientras él las vende a 10 y 20 pesos, otros se las compran y “las ponen lindas” para venderlas a mayor costo.

Yasmín Severino es una de esas comerciantes que va a mercados de pulga, mercados populares de provincias en el interior del país y bazares para comprar piezas usadas que selecciona con mucho cuidado y delicadeza. El proceso que describía Juan Guerrero es llamado “curaduría” y Severino, quien empezó a hacerlo en 2009, lo define como uno “delicado que conlleva tiempo”. Antes de mostrarlas en su pequeño local ubicado en la calle Benigno Filomeno de Rojas, lava cada una de las piezas y las plancha.

Al principio no fue sencillo por los tabúes alrededor de la ropa usada, pero la vendedora considera que la sociedad se ha ido educando sobre el uso de estas prendas y las compra por ayudar al medioambiente, además del abarate de costos.

“Al consumir ropa de segunda mano le estamos dando una segunda oportunidad a esa prenda que posiblemente podía llegar a un vertedero, estando en buenas condiciones. Además, se contribuye a jóvenes que están emprendiendo y les sirve como sustento y nuevos ingresos, aportando además a la economía”, argumentó Severino.