Misericordia y compartir

Santiago R

Padre Santiago

Sacerdote Católico

Este año ha sido declarado por el Papa Francisco “Año de la Misericordia”, para abrir a

la Iglesia a todos los hombres y mujeres, especialmente a los que más sufren. De ahí,

que  comencemos por una comprensión bíblica del término misericordia para entender

claramente lo que el Papa desea que Iglesia ponga en práctica. El primer vocablo

hebreo que nos permite aproximarnos al vocablo misericordia es rahamin que expresa

el apego instintivo de un ser a otro, tiene su sede en el seno materno, en las entrañas,

en el corazón (Jer 31,20; Sal 103,13). Que hermoso significado, pensemos en Dios

apegado a nosotros, buscándonos, amándonos, perdonándonos.

Aparece también un segundo término muy familiar a nosotros, hesed, que hace

referencia a la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad y compasión.

Dios se compadece y siempre es fiel a pesar de las infidelidades de su pueblo.

Con este trasfondo bíblico podemos adentrarnos en la Misericordia de Dios en su doble

significado: compasión por los más pobres y débiles y perdón gracioso a los pecadores.

Misericordia para con los marginados de la historia.

En toda la historia bíblica se refleja a un Dios que sale al encuentro de los oprimidos

que se categorizan en los huérfanos, viudas y forasteros. El libro del  Éxodo constituye

el paradigma de un Dios liberador que no es indiferente ante el maltrato de su pueblo:

A través del profeta Jeremías Dios corrige a los opresores que se aprovechan del

forastero, del huérfano y  de la viuda (Jer 7,6).

La opción preferencial del Dios bíblico por los desamparados llega a su culmen en la

persona de su Hijo Jesucristo. Jesús no sólo asume la causa de los descalificados de la

historia sino que se identifica con ellos: Tuve hambre y me diste de comer, desnudo y

me diste un vestido, enfermo y encarcelado y me visitaste…(Mt 25, 31-46).

La parábola del buen samaritano (Lc 10, 29-37) recoge los sentimientos de Dios para

aquel que se encuentra en necesidad sin importar su condición social, política,  religiosa

o racial. La lección es sublime:  Nunca pasar de largo ante una necesidad humana, hay

que detenerse y actuar con misericordia.

El Dios que se inclina hacia el pecador  para perdonarlo.

La verdad de un Dios que perdona al pecador recorre toda la Sagrada  Escritura. El

amor y la ternura de Dios (fidelidad) triunfan sobre la perversidad del corazón humano:

Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera  y rico en amor y

fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía

y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la culpa de los padres en los hijos y

en los nietos hasta la tercera y cuarta generación¨ (EX 34,6-8). Dios no es indiferente

ante el pecado, pero se nota la diferencia cuantitativa y cualitativa del perdón y el amor

fiel por mil generaciones (paciencia infinita) ante la tercera y cuarta generación del

La progresividad de la revelación nos lleva a Jesús donde culmina el plan de Dios en

favor de sus hijos e hijas. Algo fascinante del Jesús histórico es esta preocupación,

búsqueda y solicitud del pecador alejado de Dios. Dios Padre Misericordioso es como el

buen pastor que deja noventa y nueve ovejas y va en busca de la descarriada (Lc 15, 4-

7) y el Padre solícito y amoroso que no toma en cuenta los pecados del hijo rebelde  y

celebra su regreso con una gran fiesta (Lc 15, 11-32).

El corazón misericordioso es al mismo tiempo generoso, es decir, aprende a compartir

con los demás al punto de darse a sí mismo en un acto supremo de amor. El acto de

entrega de Jesús a la muerte voluntaria por la redención de la humanidad es su acto de

amor supremo a Dios y a sus hermanos y hermanas. Nadie tiene mayor amor que aquel

que da la vida por sus amigos (Jn 15,13).

En la multiplicación de los panes (Mt 14, 13-21; Mc 6, 31-44; Lc 9, 10-17; Jn 6, 1-13),

Jesús manifiesta la parábola del compartir, como gustaba llamarle a este

acontecimiento milagroso en hermano Roger de la comunidad de Taizé. Compartir el

pan con el otro, que en un sentido amplio es compartir la vida, el tiempo, los talentos,

los bienes materiales con los demás. Es detenerse y nunca pasar de largo.

Es en el sacramento de la Eucaristía, actualización del Misterio Pascual, donde mejor

se manifiesta la misericordia que comparte y se dona. El amor misericordioso se pone a

disposición de los demás y se entrega como alimento para transformar en Él a aquel

que lo coma y continuar ejerciendo la misericordia en sus discípulos y discípulas.

En la Eucaristía, sobre todo en el acto de comunión, Jesús nos dice: Déjame entrar en ti

y transformarte en mí para que a través de ti yo siga sanando a los enfermos, dar pan a

los hambrientos, consolando a los tristes, resucitando a los muertos, liberando a los

endemoniados, y predicando la buena nueva del Reino a los pobres de la tierra.

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