El quiebre histórico y el rumbo perdido del PLD

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El Partido de la Liberación Dominicana nació para superar los males históricos que por años había padecido nuestra sociedad, así como para conjurar los “vicios de la pequeña burguesía” que históricamente corroían las instituciones políticas. Individualismo, arribismo, grupismo, divisionismo, carencia de principios, de ideología y de visión, se convirtieron en los males que queríamos superar. Por lo que se creó una organización que fuera la negación histórica de esas prácticas. Así, se formó un partido organizado con visión, métodos, disciplina, ideología, principios, mística e identidad propia. A su vez se pensaba que esos propósitos eran cónsonos con un partido de izquierda que propugnaba por la igualdad, la justicia social y la superación del subdesarrollo.

Medio convertido en fin
Pero con el fin de la guerra fría vino la crisis de las ideologías y de las utopías, y se comenzaron a imponer los valores del pragmatismo y del individualismo en muchos partidos progresistas. A partir de ese momento el PLD nunca volvería a ser el mismo. Así, se impuso la idea de que si se quería el poder, se tenían que “flexibilizar” los controles de ingreso, las normas, los métodos de trabajo, la ideología y los principios en los que descansaba la organización, para de esa manera hacernos más atractivos a segmentos de la población a los que no les llegábamos. Entonces, se eliminó la educación, se “flexibilizó” la disciplina y se echaron a un lado la mística, la ideología, los valores y los principios. La propia figura del profesor Juan Bosch se fue marginando hasta finalmente tirarlo al olvido.

Este proceso degenerativo se basó en la idea de que como el fin justificaba los medios, si queríamos transformar el país, que era nuestro fin, teníamos que ganar elecciones y llegar al poder, que eran nuestros medios. Pero lo que terminó pasando fue que los medios, es decir, ganar elecciones y llegar al poder, se convirtieron en el fin, y el objetivo original de transformación se fue perdiendo en el pragmatismo, la apetencia de poder y los intereses corporativos e individuales.