LOS ZAPATOS DE JUAN LE SIRVEN A FRANK

andres britoAndrés Brito
El fecundo  periplo que recientemente realizó el “Obispo de Roma”-, por la obstina y no menos

perseverante Cuba, así como por la tierra del Leñador de Kentucky,  nos hizo reintegrar la

imagen gigante del “Papa Viajero”- Juan Pablo II: el que  con la excusa bendita de llevarles las

palabras a muchas gentes que les era difícil estar cerca suyo, fertilizó con sus besos muchas

tierras extranjeras, haciendo germinar la fe católica y la confianza en la Iglesia de Pedro.

¡Cuán profundo hubiese sido el abismo de la Iglesia Católica, sin el pasado reciente del hoy

santo, Juan Pablo II!; el que sencillamente enamoró a Dios, porque puso su alma

incondicionalmente a su servicio y anhelo,  demostrándoles a sus pares aquí en la tierra, que

ha de caminarse  con la  verdad, la transparencia, la sinceridad y, sobre todo, la fe.

Este hombre con el que Dios  tuvo empatía y se sentía a gusto, no solo inició la revolución

moral en la contemporaneidad de la Iglesia Católica, sino, que por demás, se convirtió en la

voz de la humanidad en contra de la violencia(casos Ruanda, Kosovo, Sudán, Irak o la guerra de

los Balcanes). Apeló a la dignidad del género femenino, al escribirle su hermosa Mulieris

Dignitatem: una carta en la que invitaba a las mujeres a reflexionar sobre su responsabilidad

personal, cultural, social y eclesial. Hizo un mea culpa por los errores cometidos por la Iglesia

Católica en toda su historia. Apostó y puso su fe terrenal en la juventud, llevando a cabo sus

briosas Jornadas Mundiales de la Juventud- iniciativa de la que vino su hermosa expresión-: “si

vives con los jóvenes tienes que convertirte en un joven”.

En juicio justo, san Juan Pablo II, con su elocuencia persuadió y convenció al mundo entero, de

que la Iglesia de Pedro, ¡aún con sus misereres y autorreferenciales intervalos!, era digna de

estar en la perspectiva del perdón de Dios, en la indulgencia de los corazones humanos y una

vía despejada y segura para llegar al Reino Celestial. Y viene bien resaltar esas virtudes de

elocuencia, persuasión y convencimiento-¡llaves standares para abrir todos los corazones!-que

adornaron al Santo Padre en su vida sacerdotal, con una anécdota simple, pero hermosa: La

visita que hizo al parlamento italiano, el 14 de noviembre de 2002, después de 150 años que lo

hacía el principal líder de la Iglesia Católica, ocasión en la que pronunció un discurso acerca del

terrorismo internacional y la globalización; y fue tal su “elocuencia, persuasión y

convencimiento”, que al verlo por la televisión el capo y mafioso italiano de la Cosa Nostra,

Benedetto Marciante, se entregó a la policía romana.

Verificando el paso de san Juan Pablo II por el papado romano, en desapasionada conclusión

podemos afirmar, que su  GRAN OBRA, no fue otra que crear la base firme a la Iglesia de

Pedro, para que un sacerdote, que al igual que él tuvo una niñez, adolescencia y juventud de

retos y desafíos, hoy haya comenzado una carrera sostenida en aras de darle un giro

copernicano a esta iglesia, que dígase lo que se diga, es un remanso donde Dios se baña en

paz:  Jorge Mario Bergoglio

Este hombre, generador de confianza a raudales, cuyas miradas en las multitudes tienden a ser

individuales; que usa diariamente el celular para consolar una persona, agradecer una carta y

dar un consejo; y el que en sus reuniones formales rompe el protocolo para penetrar en la

interioridad del individuo, en apenas unos treinta  meses que lleva al frente del trono de san

Pedro, consolida un liderazgo que aún no tiene techo, al abrazar causas que por décadas han

estado en el interés de la gran mayoría mundial su resolución: decidido esfuerzo por resolver

el conflicto del poderoso y beligerante Israel y la  empobrecida y ultrajada Palestina. Asimismo,

su papel activo y determinante en el deshielo Estados Unidos-Cuba.

Se ve claramente en el horizonte, que Francisco I  también ha cautivado a Dios, porque al igual

que san Juan Pablo II le demuestra al Creador, y  a sus pares aquí en la tierra, que además de

caminar con la verdad, la transparencia, la sinceridad y la fe, ha de convidarse también a la

sencillez y la humildad y, sobre todo, dejarse gobernar por los dos grandes poderes

verdaderos: el poder celestial, que es el Divino, y el poder terrenal, que es el poder del

servicio. ¡Cuán incierto y desesperanzador fuese el futuro mediato de la iglesia vaticana sin la

presencia y el liderazgo de un espíritu revolucionario y ajeno a los patrones convencionales de

un sacerdocio común y encadenado al círculo vicioso del afán secular, como lo encarna el más

digno sucesor de Juan!: el “Papa llegado del fin del mundo”

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