EL FUNERAL DEL VESTIDO ROJO

Andres Brito
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El 14 de abril del cursante 2015, el Ser Supremo puso en regresivo su perfecto y sublime

reloj, para contar las horas de vida que le quedaban a nuestra querida Kenia; y ya al filo de

las siete de la noche, este reloj se detuvo, indicando que moría  una ciudadana que había

vivido el día a día de los últimos cuarenta años, empuñando roles encomiables y decisivos

para el crecimiento y porvenir de este pueblo.

A un paso de cumplir sus setenta años, Kenia tuvo una vida intensa, luchando por los

valores y principios de la responsabilidad, trabajo, honestidad, lealtad, transparencia,

respeto, disciplina, solidaridad y patriotismo.

Casi todo su  accionar, esta mujer con espíritu de hombre lo proyectó y puso de manifiesto

desde el ámbito político; específicamente, desde la plataforma del Partido Reformista

Social Cristiano; en el cual se convirtió en una militante veinticuatro-siete…, convencida

que desde la plataforma política se le da la mano a un mendigo, lo mismo que a un

portentoso; a un sector depauperado, lo mismo que a uno de alto nivel social; que desde

allí, las penas se mitigan y las alegrías se comparten; y que desde allí, una vida al concluir

se lleva la satisfacción de haber sido útil a la gran mayoría. Por ello, al cierre de su vida,

esta sociedad de altas y bajas, le prodigó una despedida generosa, testimoniada y de

Entre el dolor y la pena, todo el que concurrió al funeral de Kenia, se llevó la gran

impresión de ver conjugarse un singular y conmovedor contraste: que en la quietud

profunda y conmovedora de un ataúd blanquecino, descansaba la difunta querida,

amortajada  con un vestido de un rojo vivo y limpio, que más bien parecía confeccionado

para ese aciago y umbrío intervalo de la existencia.

En la celebración de la misa de cuerpo presente, en la iglesia del Carmen, por el obispado,

se oía a sotto voce un susurro colmenar, articulando una pregunta que saltaba de oídos en

oídos: ¿ y por qué la vistieron de rojo? La respuesta avivaba los sentimientos y quebraba las

lágrimas de los correligionarios y conciudadanos políticos de Kenia: “pidió, por amor a su

partido, que el día de su muerte la vistiesen de rojo”.

Apenas comenzó la misa, dos de los concurrentes, adentrados ya en edad, puestos de pie-

como estaba la gran mayoría-, debido al mar de gente que fue a despedir a Kenia,

conectaron una conversación asidua que surgía  del llamativo contraste que cobró vida en la

muerte de nuestra bien amada batalladora:

-Kenia era una mujer de sentimientos-comenta el uno.

-¡Claro!; pidió dos cosas para su funeral: que le celebraran la misa de cuerpo presente en

esta iglesia, donde celebró la primera comunión, su matrimonio y todos sus eventos, y que

la vistiesen de rojo-asiente el otro.

-¡Es una lástima!; que  el partido que hoy Kenia reverencia con su vestido rojo, se ha ido

con la muerte de sus líderes-reflexiona el uno.

-¡Tienes razón!; Balaguer se lo llevó  casi todo en su ataúd; y no se lo llevó todo porque era

muy grande y no le cupo más- ligeramente corrobora el otro.

-¡Aunque es de más lastima!; que más que irse con la muerte de sus líderes, el partido que

Kenia amó, muere a manos de sus líderes vivos-reflexiona el uno.

-¡Es así!; sus autoridades vivas  han debido evitar su muerte y, por el contrario, lo que han

hecho es vivir sus vidas personales a costas de éste-condesciende el otro.

– ¡Terminó la misa, vámonos!- advierte el uno.

-¡Que Dios lleve a Kenia a  descansar a su diestra, hasta el resto de los días por venir!-

andresbrito10@hotmail.com

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