Rafael Balbuena Faringthon

Le correspondió ser autoridad municipal y congresual en los tiempos del romanticismo político, posiciones desde las cuales sirvió a cientos de puertoplateños, sin miramiento de status  social, político  o religioso.
Fueron sus amigos los mismos de siempre, aunque militaran en organizaciones políticas contrarias a su Partido Reformista Social Cristiano (PRSC). Fueron muchos los problemas enfrentados internamente en el gobierno de Joaquín Balaguer, con policías y militares que no estaban de acuerdo con su comportamiento frente a los adversarios, a los cuales acudía visitarle aún en la cárcel. En ocasiones de deportaciones y prohibiciones de entrada al país, Rafael Balbuena Faringthon acudía donde el Presidente de la República a solicitarle el  revocamiento de impedimiento.
Fue pedigüeño  constante  para que el gobierno realizara las obras que necesitaba Puerto Plata. Respaldó  a los deportistas   desde el Ayuntamiento o como miembro del Congreso a los jóvenes en todos los sectores puertoplateños.
Murió despues de permanecer algunos años enfermo en su casa, bajo el cuidado de su esposa e hijos. Fue Rafael Balbuena Faringthon un hombre que dio mucho y recibió poco, pero satisfecho del deber clumplido como padre, vecino, compueblado, más el haber alcanzado el máximo liderazgo político de su organización.  Encaminó a decenas de políticos de todas las edades para que siguieran hacia delante.  Como   humano  tenía sus desaciertos, pero los aciertos, logros, bondades  y sanas intenciones fueron superiores.
Los medios de comunciación  y todos los profesionales del periodismo y la locución recibieron en el síndico y diputado la colaboración permanente para lograr desarrollarse. Con su partida se marcha un amigo y defensor de los intereses de Puerto Plata, quien habrá de ser colocado en la historia como el más electo, sencillo y bondadoso político que terminó sin dinero, pero con muchos amigos para reconocerle el gran aporte que hizo a Puerto Plata y el país. Qué en paz descance.
Cheché Luna

Con­si­de­ra­do hi­jo de Puer­to Pla­ta por ha­ber ve­ni­do, man­te­ner­se en con­tac­to con los di­ri­gen­tes del Par­ti­do de la Li­be­ra­ción Do­mi­ni­ca­na (PLD) y crear un hi­jo al que le dio el ca­lor de pa­dre cons­tan­te­men­te. Ra­fael An­to­nio Lu­na  (Che­ché), fue un mu­cha­cho gran­de, va­lien­te, buen ami­go, fiel a sus prin­ci­pios y a las cau­sas que abra­za­ba. Su muer­te ines­pe­ra­da   cau­sa­da por un ac­ci­den­te de trán­si­to cuan­do cum­plía en­co­mien­da que en oca­sio­nes co­lo­ca­ban ba­jo su res­pon­sa­bi­li­dad co­mo se­gu­ri­dad y guía, en es­ta opor­tu­ni­dad de Da­ni­lo Me­di­na, pre­can­di­da­to pre­si­den­cial del PLD, fue re­ci­bi­da con pe­sar. Fue en­ves­ti­do el pa­sa­do do­min­go por un ve­hí­cu­lo  en la pis­ta fren­te a la en­tra­da del com­ple­jo tu­rís­ti­co Pla­ya Do­ra­da  que via­ja­ba a al­ta ve­lo­ci­dad, cho­can­do otro que al­can­zó al in­quie­to po­lí­ti­co ex le­gis­la­dor y vi­ce se­cre­ta­rio ge­ne­ral de ad-vi­tan  del par­ti­do ofi­cial.
Una muer­te do­lo­ro­sa no só­lo pa­ra los pe­le­deís­tas y fa­mi­lia­res, si­no pa­ra mu­chos pe­rio­dis­tas a quie­nes tra­tó du­ran­te años sin exi­gir­le si­quie­ra que sim­pa­ti­za­ran por su par­ti­do y can­di­da­to in­ter­no, só­lo ami­gos in­con­di­cio­na­les. Paz a sus res­tos.

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